Los nuevos términos con los que nos cuentan lo que les pasa a nuestros bolsillos
El lenguaje brujo en economía
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FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
Cada vez que leo una página de economía de los periódicos, cada vez que
un experto dicta lección sobre los dineros, cada vez que oigo hablar a
los ministros del ramo de la pasta, más recuerdo las películas de
submarinos. En ellas, no entendíamos ni papa de lo que se decía y solo
por la cara impávida o trastornada del capitán, por las sobaqueras
desbordadas del sudor de los marineros, podíamos aventurar si la nave se
iba al fondo o conseguiría reflotar. El encargado de un aparato con
luces susurraba tembloroso (y voy a decir adrede burradas marinas):
«¡Capitán, descendemos a dos mil pies!». El protagonista no mudaba la
color y ordenaba: «Tres grados a estribor». Un oficial se oponía:
«¡Pero, capitán, así orzaríamos más!». Tras la mirada de reprobación, el
héroe sentenciaba: «¡Avante cuatro!», y todos respirábamos en la sala
al ver que lo decía convencido, rasurado, con ojos claros y serenos: el
submarino se iba a salvar, aunque ignorásemos por completo cuánto eran
dos mil pies, qué demonios son los grados, dónde quedaba estribor, en
qué consistía orzar o qué fuera avante cuatro. Pues lo mismo me pasa
cuando leo o escucho los nuevos términos con que los brujos de la tribu
económica nos cuentan lo que pasa a nuestros bolsillos: prima de riesgo,
tipos reducidos, rescate bancario, contagio a las cuentas públicas,
puntos básicos al alza, rebaja de la calificación crediticia, deuda
soberana, bono español? Del mismo modo que el capitán y sus oficiales
evitaban gritar despavoridos que se iban a descacharrar, los hechiceros
portavoces del Poder evitan palabras que todos entenderíamos, palabras
como hundimiento, caída, desastre, catástrofe, pérdida, descalabro,
debacle, quiebra, bancarrota, depresión, insolvencia, timo, estafa,
robo, caradura, fraude, salvación, remonte, alegría, respiro,
tranquilidad? Por lo tanto, hay que fijarse en otras cosas para entender
lo que dicen: fijarse, por ejemplo en qué cara ponen o en cómo lo
dicen. De ahí que mi desazón fuese enorme tras leer la carta que el
ministro Luis de Guindos remitió al Eurogrupo para solicitar el rescate
de la banca, y que LA NUEVA ESPAÑA publicaba el martes 26 de junio.
La ley misma me impediría aprobar a un alumno aspirante a bachiller que en 291 palabras de texto usase doce veces una que comenzase por «financi-», tal como hace el señor Ministro. «Financiar» significa aportar el dinero necesario para una empresa, y «financiero» es lo referente al manejo de las finanzas, o sea, de caudales, bienes o hacienda pública. Sabido esto, cualquier persona que manejase un procesador de textos simplicísimo podría tirar de sinónimos y jugar con subvencionar, sufragar, pagar, invertir, respaldar, apoyar, costear, prestar? o, si quisiera, con banquero, especulador, economista, capitalista, alcista, bolsista, bursátil, inversionista, negociante? para apearse del adjetivo «financiera» que no se le cae de la boca al redactor de la carta petitoria, fuera el propio ministro (mal asunto: qué ignorancia de su propia lengua materna), fuese un secretario suyo (peor aún: qué incompetencia). La ley misma me impediría poner un cinco pelado a alguien capaz de solicitar «asistencia financiera para la recapitalización de las entidades financieras españolas que así lo requieran. Esta asistencia financiera se enmarca dentro de los términos de la ayuda financiera para la recapitalización de las instituciones financieras». ¿No es un párrafo demencial? ¿No es de una pobreza (idiomática) extrema insistir, un poco más abajo, en la «intención de solicitar asistencia financiera para la recapitalización de las entidades financieras»? ¿En qué sublenguaje argótico o jergal está escrito «las autoridades españolas ofrecerán todo su apoyo en la valoración de los criterios de elegibilidad, la definición de la condicionalidad financiera, el seguimiento de las medidas a implantar»? ¿No son de cachondeo ese «instrumento concreto» o ese final de traca con «posibilidades disponibles» en «la elección del instrumento concreto en el que materializará esta ayuda tendrá en consideración las diferentes posibilidades disponibles»? Y es que no solo nos vacían los bolsillos: es que nos roban el lenguaje a carta descubierta.
He aquí un prodigio de cómo no se debe redactar un texto en castellano o español, es un puro disparate que parece escrito o dictado con absoluta desgana, como mero trámite, de cualquier manera. No me extraña que quienes así se expresan lampen por cerrar la escuela pública, pues saben que en la misma les iban a dar gigantescas calabazas en Lengua. Y es que, la verdad, para pedir dinero de esa forma, bastaría y sobraría con enviar un trozo de cartón garabateado que rezase: «Señor Eurogrupo: es muy triste de pedir, pero más triste es de robar». Y un montón de ministros o secretarios analfabetos recortados. Menudo ahorro.
La ley misma me impediría aprobar a un alumno aspirante a bachiller que en 291 palabras de texto usase doce veces una que comenzase por «financi-», tal como hace el señor Ministro. «Financiar» significa aportar el dinero necesario para una empresa, y «financiero» es lo referente al manejo de las finanzas, o sea, de caudales, bienes o hacienda pública. Sabido esto, cualquier persona que manejase un procesador de textos simplicísimo podría tirar de sinónimos y jugar con subvencionar, sufragar, pagar, invertir, respaldar, apoyar, costear, prestar? o, si quisiera, con banquero, especulador, economista, capitalista, alcista, bolsista, bursátil, inversionista, negociante? para apearse del adjetivo «financiera» que no se le cae de la boca al redactor de la carta petitoria, fuera el propio ministro (mal asunto: qué ignorancia de su propia lengua materna), fuese un secretario suyo (peor aún: qué incompetencia). La ley misma me impediría poner un cinco pelado a alguien capaz de solicitar «asistencia financiera para la recapitalización de las entidades financieras españolas que así lo requieran. Esta asistencia financiera se enmarca dentro de los términos de la ayuda financiera para la recapitalización de las instituciones financieras». ¿No es un párrafo demencial? ¿No es de una pobreza (idiomática) extrema insistir, un poco más abajo, en la «intención de solicitar asistencia financiera para la recapitalización de las entidades financieras»? ¿En qué sublenguaje argótico o jergal está escrito «las autoridades españolas ofrecerán todo su apoyo en la valoración de los criterios de elegibilidad, la definición de la condicionalidad financiera, el seguimiento de las medidas a implantar»? ¿No son de cachondeo ese «instrumento concreto» o ese final de traca con «posibilidades disponibles» en «la elección del instrumento concreto en el que materializará esta ayuda tendrá en consideración las diferentes posibilidades disponibles»? Y es que no solo nos vacían los bolsillos: es que nos roban el lenguaje a carta descubierta.
He aquí un prodigio de cómo no se debe redactar un texto en castellano o español, es un puro disparate que parece escrito o dictado con absoluta desgana, como mero trámite, de cualquier manera. No me extraña que quienes así se expresan lampen por cerrar la escuela pública, pues saben que en la misma les iban a dar gigantescas calabazas en Lengua. Y es que, la verdad, para pedir dinero de esa forma, bastaría y sobraría con enviar un trozo de cartón garabateado que rezase: «Señor Eurogrupo: es muy triste de pedir, pero más triste es de robar». Y un montón de ministros o secretarios analfabetos recortados. Menudo ahorro.
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