Esta semana presentó Paul Krugman su libro ¡Acabad
ya con esta crisis! en la Fundación Rafael del Pino. Me fue adjudicado
el papel de crítico de las teorías del laureado economista.
Comencé por agradecer sus aportaciones en el campo de la Nueva Teoría
del Comercio Internacional, pues su libro de texto con Obstfeld me
había resultado utilísimo en mis clases. No le gustó nada, sin embargo,
que yo dijera que algunos de los galardonados con el Premio Nobel se
sentían tentados de pontificar sobre materias fuera de la especialidad
en la que habían destacado. Saltó como un resorte y se quejó de que yo
atacara a la persona y no a las teorías. Tuvimos un pequeño rifirrafe
puesto que yo no le había atacado personalmente ni iba a hacerlo. Luego
quedó claro mi acierto al elegir la palabra “pontificar”.
La tesis del libro de Krugman es que “Todo es cuestión de demanda.
[…] ¿Por qué es tan alto el paro y tan baja la producción? Porque […] no
estamos gastando suficientemente. Cuando todos reducimos a la vez, la
economía se detiene o se contrae. Su mantra es: “Mi gasto es su ingreso;
mi ingreso es su gasto”. De aquí que en una recesión “necesitemos
alguien que gaste y ese alguien es el Gobierno”. ¡Qué sencillo todo! Se
interesa sólo por el crecimiento económico a corto plazo por la
reutilización de recursos desocupados por alguna razón que no detalla.
Habría que expandir la demanda o por la creación de dinero o por un
aumento del gasto público. Como las economías occidentales están
atrapadas en una trampa de liquidez y el nuevo dinero se acumula en
manos privadas, no hay otra salida que una política fiscal expansiva, no
coartada por el santo temor al déficit.
En el libro falta sin embargo una explicación de porqué hemos caído
en este barrizal. Cuando está en vena populista, Krugman acusa la
desregulación financiera y la codicia de los banqueros. Cuando busca ser
más científico, habla de dos paradojas de la deuda durante las crisis:
la de que deudas perfectamente sensatas se vuelven insostenibles; y la
de que, cuanto más devuelven los deudores, más deben. Estas
explicaciones son superficiales, pues no hablan de causas de las crisis,
sino de efectos. La causa fundamental ni se menciona: fue la fatal
soberbia de los banqueros centrales y los políticos intervencionistas la
que inició una expansión artificial que luego trajo la contracción.
Krugman ni menciona la política de Greenspan de mantener los tipos de
interés en mínimos ni señala el continuo crecimiento del gasto público
en servicios sociales insostenibles.
Es bien sabido que hay una relación inversa entre el tipo de
descuento y el precio de los bonos, las acciones, y los inmuebles. La
reducción de los intereses alimentó revalorizaciones de activos hasta el
punto que sus réditos ya no satisfacían a los inversores. Entonces se
detuvo la inversión y comenzó el pánico. En este punto señalé mi
principal discrepancia con Krugman. Dado que fue una expansión
artificial de la demanda agregada la que creó la llamada “burbuja”,
¿cómo iba a poder otra expansión de la demanda remediar las
consecuencias del estallido? ¿Qué clase de ciencia era ésta? ¿Medicina
homeopática?
La expansión de la demanda agregada parece ser un remedio de sentido común pero sólo funciona cuando los precios y los salarios son rígidos y mientras la Autoridades consigan engañar al personal. El efecto se pasa enseguida. Si el Profesor Krugman cree que el paro se combate con inflación, es capaz de creer cualquier cosa.
La teoría económica dice otra cosa: el crecimiento sostenible nace en
el lado de la oferta. En el corto plazo, hay que liberar fondos para su
uso productivo en vez de burocrático. En el largo plazo, las economías
crecen por el aumento de los recursos y más aún por la existencia de
buenas instituciones y el acopio de nuevos conocimientos. Todas estas
fuentes de crecimiento necesitan ahorro individual e inversión
empresarial. Para ello deben intermediar los bancos y los mercados de
capitales en un ambiente de estabilidad monetaria.
Presenté algunos casos de falta de relación entre el gasto público y
la recuperación del crecimiento perdido. Los dos que más daño hicieron a
las tesis del libro fueron Japón y España. En 1991 se detuvo
bruscamente el milagro japonés. Para devolver la salud económica al
país, el Banco de Japón ha mantenido los intereses cerca del cero
durante veinte años. Los Gobiernos por su parte han gastado dinero
público a manos llenas: en 1991 el superávit presupuestario era
equivalente al 2,4% del PIB; llegado 1996 el déficit era del 4,3% y en
1998 el 10%. Todo esto se ha concretado en una montaña de deuda pública
equivalente al 230% del PIB. Mejor habría sido que los Gobiernos
japoneses hubieran concentrado sus esfuerzos en la reforma del sistema
financiero y el fomento de la competencia.
Terminé hablando del caso español. El Gobierno Zapatero buscó
enderezar la caída del crecimiento con: 1.200 millones de euros en
cheques-bebé; 5.000 millones de euros en devoluciones a los
contribuyentes por IRPF; 11.000 millones de plan E; 9.000 millones más
para la economía sostenible, incluida la renta de emancipación para
jóvenes de 22 a 30 años de edad. El gasto total en estos reglones fue de
34.000 millones. El presidente Zapatero se jactó entonces de que estos
planes de estímulo, equivalentes al 2,3% del PIB, eran los mayores del
mundo occidental a excepción de los EEUU. Los españoles hemos
descubierto que los estímulos fiscales, lejos de reanimar las economías
crean obstáculos de financiación insalvables.
El Profesor Krugman no quedó nada contento.
Fuente: Expansión.com
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