Buscador Google

Búsqueda personalizada

domingo, 8 de julio de 2012

Lo que le dije a Krugman

06.07.2012 Pedro Schwartz
Esta semana presentó Paul Krugman su libro ¡Acabad ya con esta crisis! en la Fundación Rafael del Pino. Me fue adjudicado el papel de crítico de las teorías del laureado economista.

Comencé por agradecer sus aportaciones en el campo de la Nueva Teoría del Comercio Internacional, pues su libro de texto con Obstfeld me había resultado utilísimo en mis clases. No le gustó nada, sin embargo, que yo dijera que algunos de los galardonados con el Premio Nobel se sentían tentados de pontificar sobre materias fuera de la especialidad en la que habían destacado. Saltó como un resorte y se quejó de que yo atacara a la persona y no a las teorías. Tuvimos un pequeño rifirrafe puesto que yo no le había atacado personalmente ni iba a hacerlo. Luego quedó claro mi acierto al elegir la palabra “pontificar”.

La tesis del libro de Krugman es que “Todo es cuestión de demanda. […] ¿Por qué es tan alto el paro y tan baja la producción? Porque […] no estamos gastando suficientemente. Cuando todos reducimos a la vez, la economía se detiene o se contrae. Su mantra es: “Mi gasto es su ingreso; mi ingreso es su gasto”. De aquí que en una recesión “necesitemos alguien que gaste y ese alguien es el Gobierno”. ¡Qué sencillo todo! Se interesa sólo por el crecimiento económico a corto plazo por la reutilización de recursos desocupados por alguna razón que no detalla. Habría que expandir la demanda o por la creación de dinero o por un aumento del gasto público. Como las economías occidentales están atrapadas en una trampa de liquidez y el nuevo dinero se acumula en manos privadas, no hay otra salida que una política fiscal expansiva, no coartada por el santo temor al déficit.

En el libro falta sin embargo una explicación de porqué hemos caído en este barrizal. Cuando está en vena populista, Krugman acusa la desregulación financiera y la codicia de los banqueros. Cuando busca ser más científico, habla de dos paradojas de la deuda durante las crisis: la de que deudas perfectamente sensatas se vuelven insostenibles; y la de que, cuanto más devuelven los deudores, más deben. Estas explicaciones son superficiales, pues no hablan de causas de las crisis, sino de efectos. La causa fundamental ni se menciona: fue la fatal soberbia de los banqueros centrales y los políticos intervencionistas la que inició una expansión artificial que luego trajo la contracción. Krugman ni menciona la política de Greenspan de mantener los tipos de interés en mínimos ni señala el continuo crecimiento del gasto público en servicios sociales insostenibles.

Es bien sabido que hay una relación inversa entre el tipo de descuento y el precio de los bonos, las acciones, y los inmuebles. La reducción de los intereses alimentó revalorizaciones de activos hasta el punto que sus réditos ya no satisfacían a los inversores. Entonces se detuvo la inversión y comenzó el pánico. En este punto señalé mi principal discrepancia con Krugman. Dado que fue una expansión artificial de la demanda agregada la que creó la llamada “burbuja”, ¿cómo iba a poder otra expansión de la demanda remediar las consecuencias del estallido? ¿Qué clase de ciencia era ésta? ¿Medicina homeopática?

La expansión de la demanda agregada parece ser un remedio de sentido común pero sólo funciona cuando los precios y los salarios son rígidos y mientras la Autoridades consigan engañar al personal. El efecto se pasa enseguida. Si el Profesor Krugman cree que el paro se combate con inflación, es capaz de creer cualquier cosa.

La teoría económica dice otra cosa: el crecimiento sostenible nace en el lado de la oferta. En el corto plazo, hay que liberar fondos para su uso productivo en vez de burocrático. En el largo plazo, las economías crecen por el aumento de los recursos y más aún por la existencia de buenas instituciones y el acopio de nuevos conocimientos. Todas estas fuentes de crecimiento necesitan ahorro individual e inversión empresarial. Para ello deben intermediar los bancos y los mercados de capitales en un ambiente de estabilidad monetaria.

Presenté algunos casos de falta de relación entre el gasto público y la recuperación del crecimiento perdido. Los dos que más daño hicieron a las tesis del libro fueron Japón y España. En 1991 se detuvo bruscamente el milagro japonés. Para devolver la salud económica al país, el Banco de Japón ha mantenido los intereses cerca del cero durante veinte años. Los Gobiernos por su parte han gastado dinero público a manos llenas: en 1991 el superávit presupuestario era equivalente al 2,4% del PIB; llegado 1996 el déficit era del 4,3% y en 1998 el 10%. Todo esto se ha concretado en una montaña de deuda pública equivalente al 230% del PIB. Mejor habría sido que los Gobiernos japoneses hubieran concentrado sus esfuerzos en la reforma del sistema financiero y el fomento de la competencia.

Terminé hablando del caso español. El Gobierno Zapatero buscó enderezar la caída del crecimiento con: 1.200 millones de euros en cheques-bebé; 5.000 millones de euros en devoluciones a los contribuyentes por IRPF; 11.000 millones de plan E; 9.000 millones más para la economía sostenible, incluida la renta de emancipación para jóvenes de 22 a 30 años de edad. El gasto total en estos reglones fue de 34.000 millones. El presidente Zapatero se jactó entonces de que estos planes de estímulo, equivalentes al 2,3% del PIB, eran los mayores del mundo occidental a excepción de los EEUU. Los españoles hemos descubierto que los estímulos fiscales, lejos de reanimar las economías crean obstáculos de financiación insalvables.

El Profesor Krugman no quedó nada contento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Forges