David Owen
9:00 - 18/06/2012
De estudiante viajé mucho por Europa, sobre todo a Grecia,
Francia, Alemania occidental y oriental, y Checoslovaquia. Me encantaba
la diversidad e intensidad de las distintas culturas. Admiraba cómo la
gente se identificaba con su aldea, pueblo o ciudad y, en muchos casos,
con su país. Todo parecía tener sentido dentro del concepto de Europa.
Entonces
y todavía me enorgullece ser europeo. No soy euroescéptico en el
sentido de la hostilidad contra Europa; lo mío es la identificación
cultural. Ni en los sesenta ni tampoco ahora pienso que Europa sea o
vaya a ser nunca mi país. Los europeos son amigos y vecinos, pero no mis
compatriotas.
La crisis de la Eurozona nos plantea una pregunta decisiva: ¿queremos
formar parte de un país llamado Europa? ¿O el Reino Unido debería ser
una nación autogobernada dentro de una nueva Comunidad Europea más
flexible?
Desde la crisis que comenzó en 2009 sólo ha habido dos modelos
básicos para Europa. El primero es un planteamiento favorecido desde
hace mucho por el Reino Unido y que supone un compromiso aceptable para
muchos Estados miembros: mantener la unión actual de Estados
independientes con separación de poderes entre lo supranacional
(delegado a un órgano europeo) y lo intergubernamental (conservado por
el país).
El segundo modelo consiste en la creación de una unión fiscal en la
Eurozona, cada vez más explícitamente defendida como la evolución
deseable a largo plazo por Alemania, el Estado más poderoso de la Unión
Europea. Este modelo plantea una legislatura en la que el Parlamento
Europeo sería la cámara baja y el Consejo de Ministros de la UE la
cámara alta. Los presidentes de la Comisión Europea y el Consejo serían
elegidos. La Comisión pasaría a ser un Gobierno ejecutivo europeo
virtual, con autoridad federal sobre las políticas de comercio,
economía, industria, sociedad, justicia, medio ambiente, agricultura,
pesca, exteriores y defensa. El Banco Central Europeo eliminaría la
necesidad de los bancos nacionales, aunque podrían conservarse como
símbolos. En una unión fiscal, la expectativa explícita sería que todos
los Estados miembros de la UE acabarían incorporándose a la Eurozona.
La UE está llegando a un punto en el que no puede seguir con su
ambivalencia respecto a ambos modelos. En el Reino Unido, aunque también
en otros países, crece la demanda pública de una postura coherente y
fundamentada para rechazar cualquier fusión de ambos, que nace del deseo
de conservar el autogobierno. Sin embargo, esos mismos países defienden
el argumento de una mayor integración en la Eurozona porque creen que
ayudará a resolver esta crisis continuada. La solución es permitir a los
países de la Eurozona que deseen integrarse más que lo hagan y dejar
que los que no quieren ni siquiera plantearse formar parte de la
Eurozona continúen en un mercado único reestructurado.
Para que eso ocurra sin discusiones largas y atormentadas,
recusaciones de la interpretación legal de los tratados europeos y
alegaciones de mala fe, todos los países miembros deben intervenir en
condiciones de igualdad en la reestructuración de la UE.
Todos los países deben seguir siendo miembros plenos de un mercado
único que sería la base de una organización más amplia y separada. Debe
seguir funcionando mediante votaciones por mayoría cualificada, a partir
de un mercado único revitalizado que idealmente incluiría a Turquía
como miembro de pleno derecho y a otros países de la zona económica
europea. Esa agrupación de 32 países o más podría llamarse la Comunidad
Europea, financiada y controlada por sus miembros. Contaría con
políticas medioambientales internacionales comunes y podría servirse del
viejo mecanismo político de la cooperación para coordinar las políticas
exteriores y de seguridad, con la condición de miembro de la OTAN de la
mayoría de sus integrantes. La UE seguiría liderando el diseño de la
legislación del mercado único más amplio pero no como la última
autoridad.
De esta reestructuración también surge una Eurozona en la que las
políticas económicas, fiscales y monetarias, teniendo en cuenta los
acuerdos del Tratado de Lisboa sobre política exterior y de seguridad,
se desarrollarían de una forma que, a todos los efectos, aunque no en el
nombre, implicase un gobierno único. Seguramente sería aceptable para
la mayoría (aunque no para todos los países actuales de la Eurozona) y
para los aspirantes a miembro. Esta agrupación seguiría llamándose Unión
Europea.
Algunos países, sobre todo Alemania, desean una mayor integración
económica, más allá del compacto fiscal acordado en diciembre de 2011.
La canciller alemana Angela Merkel dejó muy claro este año a su partido,
la Unión Democristiana, que veía Europa como una "comunidad de
destinos" y pedirá un mandato para a los votantes alemanes para llevarlo
a cabo en las elecciones de otoño de 2013. Los socialdemócratas de la
oposición están de acuerdo en casi todo.
Habrá resistencia ante el diseño alemán de una unión fiscal por parte
de Francia, pero es probable que su presidente, François Hollande, opte
por continuar con el proyecto francoalemán de lograr que la moneda
única sea un éxito. Con la derecha política reforzada, a Hollande le
costaría seguramente ganar un referendo en Francia pero, aunque
perdiera, Alemania no permitirá que el euro se hunda y vuelva el marco.
Reunirá a un pequeño grupo para mantener el euro intacto con la
esperanza de que, pasado algún tiempo, el número de países de la zona
euro aumente.
Grecia, Portugal, Irlanda, Italia y España, en la Eurozona pero con
cada vez más dificultades económicas, tal vez no soporten las críticas
contra el exceso de austeridad. Los ciudadanos puede que exijan más y
más medidas de crecimiento y, en el proceso, se resignen a abandonar la
Eurozona. Lo que no está claro es si, en caso de marcharse, serán
capaces de permanecer en la UE y esperar a que algún día puedan volver a
la Eurozona. Si no son bien recibidos, tendrían todo el derecho de ser
miembros del mercado único y la Comunidad Económica.
En las elecciones generales del Reino Unido en 2015, salvo que
conservadores y laboristas cambien la situación respecto a Europa, el
Partido Independentista (UKIP) podría crecer y desarrollar una agenda
más amplia contra la delincuencia y la inmigración, en respuesta a la
opinión de que a los británicos nos están intentando empujar hacia la
integración en la Eurozona. Como poco, UKIP será la palanca que obligue a
un gobierno conservador a permitir un referendo sobre Europa. Los
laboristas también se verían obligados a aceptarlo. Pero el referendo se
perderá si la única opción es una integración mayor en la UE. Se ganará
si se reestructura la Europa actual y las opciones del referendo son
más atractivas.
Creo que el referendo sobre el futuro de Europa será inevitable en
algún momento entre 2013 y 2106 como muy tarde. Idealmente plantearía
opciones como las siguientes:
- ¿Quiere que el Reino Unido forme parte del mercado único en una
Comunidad Europea más amplia? Sí o no. ¿Quiere que el Reino Unido
permanezca en la Unión Europea, con la opción abierta de unirse a una
Eurozona más integrada? Sí o no. A la primera pregunta es muy probable
que los británicos respondiesen con un sí; cualquier gobierno les
pediría que así lo hiciesen. La segunda es más difícil de prever, aunque
sería una opción auténtica y el gobierno podría ser neutral y estar
dispuesto a acatar en vez de dirigir la opinión pública. Si ambas se
contestasen con un no, el resultado sería el abandono efectivo.
En Europe restructured? me he inspirado en mis cincuenta años de
participación en el desarrollo de Europa para trazar un camino hacia la
resolución de la crisis actual. Está condenado a presentar defectos por
ser sólo la perspectiva de un político británico, pero al menos viene de
alguien que ha conservado su compromiso sincero con una mayor unidad
europea, aunque también defiendo desde hace mucho tiempo que el diseño
de la eurozona está viciado.
Creo desde hace mucho tiempo que en el Reino Unido debería haber
límites en cuanto al proceso de integración europea. En asuntos que
atañen al corazón de la democracia británica, el público quiere pensar
que puede influir en su propio destino. La toma de decisiones en Europa
suscita muchas dudas e interrogantes porque el público no se identifica
con casi todo lo que representa.
A los británicos no nos gusta sentirnos presionados. Podemos ser
miembros leales de un club pero no nos asusta reestructurarlo para que
se adapte a otras circunstancias. No nos da miedo el cambio. No sentimos
una aversión arraigada por los extranjeros, sino que nos satisface
vivir en una Gran Bretaña multirracial. Ni somos jingoístas ni
chovinistas. Sólo queremos que nuestros políticos defiendan nuestro
derecho al autogobierno democrático en este país.
Es una postura en la que creemos y que se remonta a la Carta Magna.
El pueblo quiere tener voz sobre la clase de sociedad en la que vive,
los niveles de tributación, prestaciones y pensiones, el nivel del paro,
la cantidad de redistribución o de sus ganancias que puede conservar
para gastar como quiera. Es la base de la democracia.
David Owen, Lord y ministro británico de Asuntos Exteriores entre 1977 y 1979.
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