Esta zona, ubicada en medio de Turquía, es un extraño
mundo de roca. Curiosas figuras de piedra esculpidas por el viento,
iglesias y hasta ciudades subterráneas son parte de los atractivos por
explorar. Un lugar donde un paseo en globo es algo imperdible.
por Max Bello
HABLAR DE Turquía es hablar de aventura. Tal como ocurre con la India, se le asocia con lugares únicos y exóticos, que van más allá de "unas simples vacaciones" y que visitarlos se transforma en toda una experiencia de vida. Y eso es precisamente lo que pasa con Capadocia.
Por lo menos, eso es lo que le pasó Geert van Volelaer, un belga a
quien le bastó sólo un viaje de 10 días para darse cuenta de que este
sería el lugar donde pasaría el resto de su vida. Así que aquí está
ahora, convertido en uno de los pilotos de globos aerostáticos que
comparten los cielos de esta región ubicada a 800 kilómetros al oeste de
Ankara -capital turca-, ya que es uno de los mejores lugares del mundo
para realizar este tipo de paseos.
Pero ¿qué es Capadocia? Describiéndolo de manera sencilla, podría decirse que es uno de los lugares más curiosos del planeta.
Todo debido las formaciones geológicas generadas por la suma de
cadenas montañosas, erupciones volcánicas y millones de años de
corrientes de viento, que dieron como resultado un paisaje marciano en
el corazón de Turquía, con extrañas formaciones rocosas llamadas
"chimeneas de hadas", las que posteriormente fueron excavadas por los
locales tranformándolas en casas habitables, iglesias y ciudades
subterráneas completas.
Capadocia es uno de los pocos sitios donde los globos aerostáticos
pueden volar prácticamente todo el año. Contratar un vuelo es una idea
que da un poco de susto al principio, pero observar desde lo alto lo
caprichoso de este paisaje merece una oportunidad.
Los globos parten cuando aún es de noche. Esto permite que, a la luz
del alba, puedan observarse de manera precisa los retorcidos pliegues
del valle, los conos de roca, los volcanes y una vista única de Goreme,
uno de los poblados-base para visitar la región de Capadocia.
El globo asciende lentamente, sin movimientos bruscos ni giros que
provoquen mareo, hasta llegar a los 500 m de altura, en un espectáculo
panorámico que dura una hora. Mirar Capadocia desde el cielo es una
experiencia que se premia, sobre todo si es la primera actividad antes
de comenzar a explorar la región. Pero hay otros imperdibles.
El Museo al Aire Libre se encuentra en las afueras de Goreme,
emplazado en medio del valle y se confunde entre todas las formaciones
rocosas que dan vida al lugar. Es un kilómetro y medio de camino desde
el poblado, el que de por sí también es un espectáculo de formas
onduladas que se asemejan a campanas y panales de abeja. Al llegar,
encontrará un pequeño mercado y a un adiestrador de camellos que por
seis euros le permitirá dar un paseo. El Museo al Aire Libre es un
ejemplo exquisito del arte bizantino de esta zona, que a lo largo de la
historia ha sido conquistada por asirios, persas y romanos, permitiendo
que diversas culturas y religiones se asentaran aquí.
El recinto es un conjunto de cavernas labradas en la roca volcánica,
que fueron el alojamiento de miles de cristianos que se hicieron de
valles completos, en su huida de los romanos e invasores árabes. En las
cavernas vivían sacerdotes, ascetas y monjes, que también eran
enterrados en las mismas grutas. Las cuevas poseen tal sofisticación
que, aún hoy, es posible observar iglesias con pilares y altares en
perfecto estado de conservación. Muchos de estos santuarios ostentan
frescos del siglo X al XIII, con escenas de la vida de Cristo y del
Antiguo Testamento. El lugar fue declarado Patrimonio de la Humanidad
por la Unesco en 1985.
En las cercanías de Goreme hay una gran cantidad de rutas que se
recorren a pie o en bicicleta. Se pueden contratar tours, aunque también
es posible adentrarse en ellos por cuenta propia, ya que los senderos
están bien definidos y señalizados.
Uno de ellos lleva hasta el Valle de Gulludara (también denominado
Valle Rosa), un lugar completamente deshabitado, donde la piedra
erosionada dio lugar a esculturas naturales de indescriptible forma,
cuyas tonalidades cambian según la hora del día. Por este mismo camino
se llega hasta el pueblo de Cavusin, una aldea completamente tallada en
la roca y que hasta hace sólo unas décadas se mantenía habitada. Un buen
día de caminata permite conectar el Museo al Aire Libre con el Valle
Rosa, por ejemplo, y acabar en este increíble pueblo abandonado. Sin
embargo, eso no es todo. También es posible visitar 15 de las 50
ciudades subterráneas que hay en la zona, como Derinkuyu. Al parecer,
esta urbe fue construida por los hititas y, luego, habilitada y ampliada
por cristianos, que la ocuparon en casos de emergencia. Tiene varios
niveles que alcanzan los 50 metros bajo tierra y se cree que entre 5.000
y 10.000 personas podían permanecer ocultas durante un mes en esta
ciudad, comunicados por un laberinto de túneles y estrechas escaleras.
Otro lugar interesante es el Valle de Ilhara. Un cañón que contrasta
con el resto del paisaje debido a su vegetación regada por el río
Melendiz. En sus laderas hay una decena de capillas que aún conservan
sus frescos pintados hace más de 10 siglos. Son 14 kilómetros de
recorrido que se pueden conocer a pie o a caballo.
Durante el siglo II, Goreme fue un cementerio romano. Sin embargo, se
llegó a transformar en un importante centro religioso cristiano durante
los siglos siguientes, y hoy es la capital turística de Capadocia.
Es la favorita de los mochileros y los turistas de presupuesto
ajustado, aunque quien busca servicios más exclusivos también encontrará
hoteles y restaurantes de extraordinaria calidad.
La zona se caracteriza por sus vinos, los cuales se han desarrollado
en Capadocia desde tiempos inmemoriales. Estos son ideales para
acompañar una buena sopa turca o una cazuela, esta última muy típica de
la zona, la que se prepara sellada en un recipiente de greda, el que se
debe romper para poder ser servido. La bebida local es el raki,
un vino con anís cuya graduación alcohólica es de 45°. Suele tomarse en
las cenas, especialmente con platos de carne, y en los bares se degusta
acompañado de queso.
En Goreme, el hospedaje transcurre en cavernas. Los hoteles están
metidos en las rocas, entre las chimeneas de hadas, y se las han
arreglado para entregar la particular atmósfera de las casas locales,
pero sin perder la comodidad, con amplias terrazas, conexión wi-fi e,
incluso, bañeras de hidromasaje.
Una experiencia única que al principio puede causar un poco de
extrañeza, pero como dice el refrán: "Donde fueres, haz lo que vieres".
Fuente: LA TERCERA
Fuente: LA TERCERA
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