Las misivas a Ponz componen una de las obras capitales de Jovellanos y un agudo análisis sobre la región
Las «Cartas del viaje de Asturias» |
JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ HISTORIADOR
Antonio Ponz, hombre de una completa formación humanística y artística, recibió el encargo por parte del conde de Campomanes de viajar a Andalucía a inspeccionar los bienes artísticos que habían pertenecido a la Compañía de Jesús, que había sido recientemente expulsada de España por Carlos III (1767). Éste es el origen de su obra «Viage de España», que se empezó a imprimir en 1772, en forma epistolar, y de la que llegaron a editarse 17 volúmenes en vida de Ponz, que falleció en 1792, y un último tras su muerte.
En 1782, cuando Jovellanos iba a viajar a León a la elección de prior del convento de San Marcos, y luego a Asturias, Ponz le encomendó «que apuntara lo que hallase de más notable» en su recorrido para incorporar sus noticias al «Viage de España», que seguía publicando.
Así lo hizo Jovellanos y durante el viaje, según manifiesta, observó, apuntó, escribió. Aunque por entonces no había comenzado a escribir sus diarios, labor que acometería a partir de 1790, durante este viaje Jovellanos debió de tomar muchas notas. Cuenta Ceán que «recorrió entonces casi toda la provincia, indagando su población, el estado de su cultivo y de su industria, sus usos y costumbres. Se introdujo en la aspereza de los montes y registró las minas e inmenso arbolado: buscó el origen de los ríos, y sus confluencias en los profundos valles; vagó por su costa septentrional, y vio sus puertos, sus ensenadas, fondeaderos, barras y cabos, y con tan curiosas como exactas noticias escribió las cartas que había de dirigir a su amigo Ponz».
De vuelta, tras solicitar una prórroga de la licencia que había obtenido para viajar a Asturias, regresó por el Occidente y atravesó Galicia, examinando los pueblos de Ribadeo, El Ferrol, La Coruña, Santiago y Pontevedra, y volviendo por Villafranca y Astorga, siguió por Castilla a Madrid. Según cuenta Ceán, hizo entonces una relación de este viaje, «pero no ha llegado a nuestras manos».
Después de su vuelta a Madrid, según opina Caso, Jovellanos debió de trabajar en la redacción del material reunido. Antonio Ponz, en una carta sin fecha, le había indicado: «Es bueno que usted haga apuntes de cuanto considere digno de atención, lo que podría servirle algún día para hacer una famosa historia de su patria. La amenidad de Asturias, lo vario de su terreno y cultivo, la frondosidad de montes y selvas, la belleza de sus marinas, malos caminos y otras mil cosas, que yo vi y apunté en los países que estuve, no sólo suministran materia para dos cartas, sino para tomos en folio, si se quisiera. Y en cuanto a las artes algo habría que decir, y más haciendo alto en la arquitectura que usted llama media y desconocida, cual es la de Naranco, que yo vi con cuidado, y la que usted dice de Villamayor».
Y escribe Jovellanos: «Era la intención del señor Ponz aprovechar las noticias sembradas en mis cartas y diarios, y formar con ellas uno o dos volúmenes, en continuación de su viaje general. La muerte, robándole al público antes que lo pudiese hacer, lo privó de la perfección que con su estilo fácil y gracioso, con sus oportunas reflexiones y sus juicios magistrales hubiera podido añadir a mis pobres trabajos». Las noticias del Principado de Asturias quedaron, en consecuencia, inéditas. Sí se publicó en el tomo XI del «Viage de España», de Ponz, la descripción de San Marcos de León.
Cuando Jovellanos volvió de nuevo a Asturias, en 1790, iniciando el largo período de alejamiento de la Corte a que se vio obligado, viajó por diversos lugares y obtuvo nuevas informaciones con las que rectificó y corrigió sus observaciones anteriores. Debió de dejar entonces las cartas preparadas para su edición, pero éstas quedaron inéditas hasta bastantes años después de su muerte. Fue, una vez más, Ceán-Bermúdez quien dio noticia de ellas en su «Memoria para la vida de Jovellanos». Esta obra está dividida en dos partes. En la primera, Ceán hace el relato de la vida de Jovellanos, mientras en la segunda hace un extracto de sus principales obras.
Son diez las «Cartas del viaje de Asturias». La primera se circunscribe a la provincia de León. La segunda contiene una descripción del convento de San Marcos y en ella da una noticia exhaustiva de los arquitectos que trabajaron en su obra. La tercera recoge el relato del viaje de León a Oviedo, «de las enormes peñas y montañas que le ocupan, de los ríos que le atraviesan, de la real colegiata de Santa María de Arbas» y la «parte de camino recientemente construido desde Mieres a la capital». La cuarta es una descripción de la catedral de Oviedo, con sus capillas y Cámara Santa, y la concluye con una rápida relación de los edificios de las parroquias, conventos, hospicio y Universidad, y de su población.
La quinta es una descripción topográfica del Principado de Asturias: extensión, límites y confines. Describe sus ríos, fuentes, montes, las minas de carbón de piedra, canteras de varios mármoles y otros minerales, sus valles y sus frutos, su costa, puertos y ensenadas. Escribe sobre ella Ceán: «Pieza muy interesante a la economía pública y suficiente para borrar las siniestras ideas, que en las demás provincias se forman de ésta». La sexta es una descripción del estado en que se encontraba la agricultura en Asturias. «Es la más importante de todas», escribe Ceán, «pues explica el valor y estimación que tienen las tierras, sus arriendos y enfiteusis, sus cierros, sus abonos, etc. Clama por su publicación».
La séptima es una descripción de la industria de Asturias, «no tan escasa, ni tan despreciable como algunos creen». Establece en ella una distinción, muy usada y citada posteriormente, entre lo que denomina «industria rústica», que define como aquella «que se ocupa únicamente en preparar para el consumo los productos de la tierra», y la industria doméstica, «aquella que se abriga en el seno de las familias, y que ya generalmente se conoce con el nombre de industria popular». Estas dos ramas de la industria estaban bien representadas en el Principado, donde en cambio faltaba, en opinión de Jovellanos, el tipo de industria «que sirve inmediatamente al lujo, que se ocupa en dar alimento al comercio, que ofrece útil empleo a un increíble número de manos, y que, finalmente, produce inmensas riquezas por representación de su trabajo». El atraso en este tipo de industria lo achacaba Jovellanos a la falta de la instrucción necesaria: «¿cómo se persuadirá usted a que sin matemáticas, sin física, sin química, sin dibujo, se pueden hacer grandes progresos en la industria?». La falta de conocimientos es la que hacía, en opinión de Jovellanos, que existiendo, por ejemplo, buenos linos y lanas en Asturias, se consuman «los lienzos y paños finos, las bayetas y las sargas labradas en otras partes; tiene muchos y buenos cueros, y nadie sabe curtirlos, adobarlos y teñirlos». A esta causa añade otra no menos importante: la falta de capitales. No los tienen los propietarios, ni los comerciantes, y sin capitalistas, pregunta: «¿cómo se podrán erigir ni promover establecimientos industriales? ¿Cómo formar empresas grandes y dispendiosas? ¿Cómo atraer los instrumentos, las máquinas, las luces y conocimientos que faltan?». Y contesta: «La industria es natural al hombre y apenas necesita otro estímulo de parte del Gobierno que la libertad de crecer y prosperar: déme usted esta libertad y crecerá la industria hasta lo posible. Pero la ilustración fijará siempre la medida de esta posibilidad».
La carta octava está dedicada a las romerías, que Jovellanos recomendaba «como necesarias para el consuelo y desahogo de las laboriosas gentes del campo». La novena se ocupa del origen, usos y costumbres de las vaqueros de alzada. «Está escrita», dice Ceán, «con fina y delicada crítica, y se dirige principalmente a desterrar el odio que hay en el país contra estos útiles ganaderos». La décima, por último, se centra en el escultor gijonés Luis Fernández de la Vega, al que considera discípulo aventajado del célebre Gregorio Hernández, y cuyos datos fueron empleados posteriormente por Ceán para la elaboración de su Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España, publicado en 1800, y que es el primer intento serio de hacer una Historia del Arte en España a partir de bases científicas y rigurosas.
Las denominadas «Cartas a Ponz» o «Cartas del viaje de Asturias» permanecieron inéditas hasta su publicación en 1848 en las «Memorias de la Sociedad Económica de La Habana», por D. Domingo del Monte. En esta edición no se incluyó la carta quinta, que desde entonces se consideró perdida. Posteriormente, las «Cartas» fueron incluidas en la edición de las obras completas de Jovellanos realizada para la Biblioteca de Autores Españoles, y en otras ediciones posteriores. La carta quinta, separada del conjunto de las otras en fecha temprana, ha sido dada a conocer recientemente, en 1991, por Luis Ángel Sánchez Gómez, que descubrió había sido publicada de forma anónima en un periódico titulado «Mercurio de España», en 1821.
En opinión de Ángel del Río, uno de los editores de la obra de Jovellanos, las «Cartas» son «de lo más valioso literariamente que salió de la pluma de Jovellanos, tanto por lo espontáneo del estilo, que en nada perjudica a su corrección y belleza, como por la frescura en la observación de paisajes, costumbres, incidentes de viaje y monumentos artísticos. El predominio de la impresión directa, la simpatía hacia la vida local y popular, reflejan [...] una sensibilidad muy moderna para su época».
Indudablemente, las «Cartas» tienen no sólo valor literario, sino histórico y político. Jovellanos se revela en ellas como un observador agudo y con una gran capacidad de análisis sobre lo que va viendo y describiendo, al tiempo que ofrece alternativas de solución.
En la dedicada a describir la agricultura, que Ceán destacaba sobre el resto, Jovellanos pone el dedo en la llaga de los problemas que aquejaban al Principado en aquel momento. «Los mayorazgos y los monasterios e iglesias son casi los únicos propietarios de Asturias». «El primer inconveniente que resulta de aquí es la falta de circulación en las tierras, sin la cual no florecerá jamás su cultivo en ninguna provincia». «Otro inconveniente de esta general vinculación de las propiedades es el desproporcionado valor que da a las pocas tierras que quedan libres y comerciables, porque siendo muchos los que quieren comprar en proporción del corto número que puede vender, la concurrencia produce infaliblemente la carestía».
En las soluciones que ofrece a esta situación, Jovellanos adelanta algunas de las ideas que expondrá con más rigor y extensión en su imprescindible y fundamental «Informe en el expediente de Ley Agraria».
Fuente: lne.es
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