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miércoles, 9 de noviembre de 2011

La Isla del Lector: ¿Monos de pluma en las expediciones de Mallory?

Publciado por pedronicolas | desnivel.com - 08/11/11 a las 06:11:27 pm
Hace unas semanas, buscando un regalo para la boda de unos buenos amigos de montaña, anduve de exploración por librerías de viejo. En una de ellas, además de encontrar varios tomos del Tour du Monde, el librero me lo presentó como el National Geographic del XIX, con artículos que eran verdaderas joyas de la exploración de lugares remotos y exóticos del planeta, entre los que para algunos autores franceses estaba la profunda España del momento…, bueno, pues como digo, además del Tour du Monde di con un interesante libro sobre el Tíbet y el Everest.

Se trataba de la versión castellana, editada en Buenos Aires en 1948, del libro Through Tibet to Everest, del capitán J.B.L. Noel, quien había realizado importantes exploraciones en la frontera indo-tibetana y que fue seleccionado para ir como fotógrafo de las expediciones británicas de 1922 y 1924.

Parece que el original inglés de esta obra se publicó en 1929 y por lo visto sólo existe esta edición argentina en castellano, con una traducción, por cierto, particularmente pintoresca por no decir lamentable, en la que las altitudes son caóticas, los sacos de dormir son talegos, los escaladores trepadores y las plataformas retallos…

Sin embargo, a pesar de sus deficiencias, graves sobre todo en las altitudes, su lectura me descubrió hechos interesantes que me han llevado a algunas reflexiones que desearía compartir con vosotros.

La primera idea es que tras cualquier gesta o acontecimiento de esos que hacen historia hay el esfuerzo y buen trabajo de personas calladas y anónimas, sin cuya labor nada hubiera sido posible. En este caso parece que los permisos para que la primera expedición exploratoria, la de 1921, entrara en el hermético país de altiplano fue cosa de Sir Charles Bell, Residente Político en Sikkim y en palabras de Odell “…uno de los muchos y excelentes funcionarios administrativos al servicio del Gobierno de la India que han pasado largos años realizando una labor silenciosa, recatada y constructiva en la frontera de ese país…, fomentando la comprensión y la amistad mutua entre el Gobierno de la India y el misterioso dios-rey, el Dalai Lama de Lhasa. Sir Charles conquistó la confianza de los tibetanos mediante el estudio cuidadoso de su carácter nacional y su perfecto conocimiento de su difícil idioma, que culminó escribiendo una gramática de esa lengua asombrosamente intrincada…” y sigue, “es uno de los pocos hombres que han conquistado la confianza y la amistad del Dalai Lama. En 1920 fue invitado a visitar la Ciudad Sagrada… este mencionó por primera vez el asunto (el permiso de entrada de la expedición) un día en que se encontraba solo con Su Santidad en su habitación privada del Potala después de que Su Santidad hubiera despedido a todos sus ministros y funcionarios, y así obtuvo el codiciado permiso para que los exploradores entraran en el Tíbet”

Otro asunto interesante, yo al menos lo desconocía, es que en esta primera expedición el acceso hasta los pies del collado norte se hizo por un intrincado y complejo itinerario, y no, como se haría desde el 22, por el glaciar oriental de Rongbuk, pues no dieron la importancia debida a la entrada a dicho valle. Según el capitán Odell la cosa fue así: “En esta expedición de 1921 Mallory cometió un error muy infortunado cuando no dio con la entrada oriental del glaciar de Rongbuk. Más tarde descubrió su error y encontró ese glaciar pero sólo después de haberse acercado siguiendo una dirección oriental totalmente diferente a través de una hilera de montañas exteriores por un paso elevado, el Hlapka La… Se explica que Mallory no descubriese el glaciar oriental de Rongbuk porque le engañó la pequeña corriente del arroyo que sale del valle. Creyó que el valle mismo solo podía ser en consecuencia, muy pequeño…” Y aquí aparece otra de las claves de esta historia en tres capítulos; se trata de la muerte, durante el largo y duro viaje de aproximación a la montaña, del Dr. Kellas, quien era sin duda, quizás junto a Longstaff, quien se hallaba en el Ártico los dos máximos expertos británicos en la geografía y peculiaridades del Himalaya. De haber estado alguno de ellos quizás hubiera sido otra la actitud ante la bocana de entrada del glaciar oriental de Rongbuk.


Este hecho tuvo incluso trascendencia en la expedición del año siguiente, ya con pretensión de cima, pues la exploración de la zona media y baja del Rongbuk, aún desconocida, pues Mallory no la recorrió al retornar por el mismo camino usado a la ida. De modo que ese tramo desconocido del Rongbuk planteaba interrogantes previos a la logística general lo que supusó un factor que retrasó y complicó la expedición.

¿Habría sido otro el resultado si Kellas o Longstaff hubieran participado en la exploración del 21? ¡Qué enorme papel juega el azar en el resultado de toda exploración!

Otra cuestión curiosa es que ya, desde los mismos albores del ochomilismo, se suscitó el debate sobre el uso del oxígeno embotellado. Durante los preparativos de la expedición del 22 Odell cuenta: “Un efecto de la falta de oxígeno es la fatiga de la voluntad y la debilidad mental hasta el extremo de que se pierde la inteligencia. Contra esto no hay otro remedio que el del oxígeno artificial. ¿Debían tratar los trepadores (así figura en el libro) de luchar sin ayuda alguna contra estos inconvenientes, o debían cargar con los aparatos necesariamente pesados y hacer que su vida dependiera de la respiración artificial? Era una cuestión que suscitó interminables discusiones y controversias. La gente se dividió inmediatamente en dos escuelas. La de los partidarios y la de los adversarios del oxígeno. Finalmente se decidió que se realizarían tentativas con oxígeno y sin oxígeno. Había que idear inmediatamente los mejores aparatos que combinasen la levedad y facilidad de transporte con la sencillez, la seguridad y la capacidad de contener gran cantidad de gas, problema que no era fácil de resolver” Como vemos un tema que nos parece de finales del XX o incluso de principios del XXI y que ya estaba sobre la mesa hace casi un siglo…

El jefe de la expedición iba a ser el general Bruce. Por lo común, como sabemos, hay un número de miembros de la expedición, en esta y en todas, que quedan un poco desdibujados por la fama de los escaladores de altura, de los aspirantes a la cima… Sin embargo parece que el ya veterano general Bruce era todo un personaje. En opinión de Odell, era simplemente el mejor hombre para ese puesto. De él cuenta cosas como las siguientes: “Su fama se había extendido por toda la India gracias a sus hazañas extraordinarias en el Khud, o sea la ascensión a las montañas, deporte de los gurkas del Himalaya, que consiste en subir y bajar corriendo por las laderas empinadas, generalmente antes del desayuno. A los alegres soldados gurkas les deleitaba ese deporte… Amaba las montañas y poseía un gran sentido de las mismas, que animaba y estimulaba su deseo de escalarlas… El trenecito de juguete que va desde las llanuras hasta Darjeeling le parecía demasiado lento, y solía saltar de él para atajar el camino corriendo ladera arriba, mientras el tren seguía describiendo ochos alrededor de las estribaciones…; era enormemente fuerte. Su juego favorito consistía en tenderse con la cabeza apoyada en una mesa y los pies en otra y hacer que se sentara en medio de su cuerpo un hombre muy pesado que no podía doblar sus espinazo” Como vemos era un general bastante peculiar, sobre todo, si nos atenemos a la idea imperante sobre nuestros generales, aunque es cierto que en nuestro ejército también hubo a principios del XX, y sé bien que aún los hay ahora, algunos ejemplos de militares muy montañeros…, pero no nos desviemos del tema.

Otro aspecto que me ha llamado la atención es que en el plan original del año 22 si no se lograba escalar el Everest en primavera se iba a permanecer en la montaña a la espera del periodo favorable postmonzónico. Esta era una idea de sir Francis Younghusband. Solo el accidente en el acceso al collado norte que supuso la muerte de siete personas, todos sherpas, impidió llevar adelante el proyecto. Hay que entender que la aproximación era de tal complejidad que había que amortizar el esfuerzo, pero pasar más de medio año en las desoladas inmediaciones del Everest era una prueba de resistencia psicológica que nos quedamos sin saber como hubiera resultado.

Son muy curiosas sus conclusiones sobre el uso de las bebidas alcohólicas y del tabaco, pues según su experiencia el ron y el whisky eran dieta obligada, moderadamente, antes de irse al saco; además algunos escaladores y todos los sherpas se encontraban mucho mejor cuando fumaban como cosacos. Respecto al tabaco hay una anécdota que rompe, seguro, muchos clichés. Fue tal su demanda que pronto vieron que iban a escasear los cigarrillos. Ningún problema: “Obtuve para ellos, (habla de los porteadores del equipo fotográfico y de filmación), más provisiones de cigarrillos de un comerciante chino emprendedor que instaló un pequeño negocio en el campamento base y vendió todas su existencias en dos día. Nos vendió cigarrillos chinos llamados “Caballo Favorito” a razón de dos rupias el millar. Estaba satisfecho con su negocio y lamentaba que le fuese necesario recorrer tan largo camino para reponer sus mercaderías, pues había recorrido 1.500 kilómetros desde China con sus doce asnos. No sé qué beneficio obtuvo. Era un hombre notablemente emprendedor”

En otro momento del libro, mientras se narra la expedición del 22, se habla de la vestimenta usada. Afirma que lo mejor es: “una ropa interior de piel de camello ¿? que permite que circule el aire junto a la piel y que además se usa como pijama en los sacos”; pero más chocante me ha resultado lo siguiente. Dice el capitán Odell: “Finch (alpinista australiano que estudió en Suiza y tenía ya un importante historial de escaladas alpinas), que poseía un cerebro científico, inventó una especie de traje de aviador verde acolchado con plumón en el que no podía entrar una partícula de viento. Debajo solía llevar un juego de ropa interior de seda, luego uno de lana….” Como vemos esa idea de que iban vestidos de señoritos enchaquetados es verdad, pero no toda la verdad… Si la foto de G. I. Finch con su mono de plumas verde, si es que existe alguna vestido de esa guisa, hubiera sido popular puede que nuestra idea de esas expediciones y de cómo se debían equipar los escaladores del Everest en el futuro hubiera sido bien distinta. Y esto me lleva a pensar que también en el himalayismo las ideas verdaderamente innovadoras se abren difícilmente camino…

Vayamos con Mallory. Cuando Odell relata el intento de cumbre más importante de la expedición del 22 hace alusión a algo bien curioso… Iban Mallory, Somervell y Norton. Morshead se había tenido que quedar en el último campamento en el que los cuatro habían pasado la noche al tiempo que batían el record mundial de altura. El relato de Odell dice: “Se turnaban para marchar en cabeza, pues el esfuerzo mayor lo tiene que hacer el que abre la marcha y hace los escalones para los otros. Mallory marchó con frecuencia en cabeza. Empleaba un método maravilloso, considerado como un secreto suyo, que le había dado buen resultado en las ascensiones a los Alpes y que consistía en respirar profundamente al mismo tiempo que ascendía balanceándose. Se ha dicho que podía introducir el aire más profundamente en sus pulmones y obtener de él más oxígeno que los demás. Pero nunca quiso explicarnos su método de respiración. Constituía su secreto”


La verdad es que tras leer esto no puedo sino ser escéptico sobre su real alcance, pero también es sensato pensar que algo habría, aunque fuese, solo, una actitud de distanciamiento o de cultivar la diferencia… He de decir que a lo largo del libro, y lo vamos a ver de inmediato, no se percibe una especial simpatía de Odell por Mallory. Sin duda le respeta y valora, pero no parece que sus caracteres fueran demasiado afines, pues siempre marca una discreta distancia en la que sin embargo no deja de valorar su capacidad alpina.

Trasladémonos ya, por último, a la expedición de 1924. Durante la primera parte de la estancia el tiempo fue terrible y sometió a la expedición a unos esfuerzos enormes en condiciones límite. Tanto es así que en un momento dado se declaró un repliegue general al Base. Luego, ya con la temporada muy entrada, se vuelve arriba. En uno de los porteos cuatro sherpas quedan atrapados en el collado norte y se muestran incapaces de bajar por si solos. Tras varios intentos Somervell, asegurado por Norton y Mallory, alcanza justo a asomarse al collado y les anima, casi obliga, a bajar en condiciones de gran riesgo por la enorme cantidad de nieve. Al llegar al campamento del glaciar, lo que hoy sería el Campo Base Avanzado, al hilo de lo sucedido, Odell cuenta esto: “En realidad, durante los siguientes días se produjo un éxodo general desde el campamento hacia el base de todos aquellos que no estaban a la altura de las circunstancias. Fue una especie de nueva retirada. Mallory permaneció mucho tiempo acostado en su tienda. Parecía enfermo y en mi opinión era “un hombre inepto”, (así, entrecomillado, figura en el libro. Quizás habría que traducirlo por fuera de combate…) cuando, algunos días después, partió para la montaña con Irvine para hacer su último esfuerzo y encontrar la muerte… Su resistencia estaba minada. Hizo su última ascensión poniendo en juego sus nervios.”

Unas páginas después relata el intento final, en ellas dice el autor: “Norton dijo: No cabe duda que Mallory sabe que realiza una empresa desesperada. Tuve la oportunidad de observar de cerca a Mallory, pues me hallaba en ese momento en el campamento del Ventisquero (quiere decir del Glaciar, el Campo Base Avanzado), y me formé la opinión categórica de que físicamente no estaba ya en condiciones de realizar la ascensión. Su desengaño amargo, aunque contenido, por los continuos reveses y la mala suerte con el tiempo que sufríamos aquel año era evidente, pero también su ambición vehemente. Su espíritu era el que lo hacía volver al ataque. Se había entregado de lleno a la tarea y necesitaba actuar. Consagraba sus últimas fuerzas a esa lucha”

Lo que ocurrió después todos lo sabemos. Sin embargo pienso que no es tan sabido que un testigo directo, y suponemos que neutral, tenía “la opinión categórica” de que el mejor alpinista del grupo ya estaba fuera de juego y que por tanto el intento estaba condenado al fracaso. Si a esto añadimos la fuerza psicológica y la audacia de Mallory y la “cuestión de estado” en que se había convertido esa tercera expedición al Everest, no es difícil concluir que el intento fue casi un intento a la desesperada.

Sin duda lo apuntado no impidió que llegaran tan alto como lo hicieron, pero estas impresiones, de un testigo directo y experto, pienso que son realmente interesantes y muy a considerar en la eterna discusión de lo que pudo acontecer aquel día en lo más alto del planeta.
Pedro Nicolás

noviembre 8, 2011

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