Rubén Abella firma una novela sobre la pérdida y la culpa
Laura Sangrà Herrero
ADN | hace 9 minutos
Agosto de 1980 en alguna ciudad española. Baruc tiene 15 años y desafía el calorazo que parte las piedras saliendo a la calle. Para en el quiosco a comprar un cigarrillo y un chicle de clorofila -aunque la madre igual notará que fuma- y se va a pescar al río.
Pero se despista, y en su casa la hora de comer es sagrada. Cuando aparece, además de tarde con un perro mil leches cosido a los talones, la madre le planta el bofetón en mayúsculas, porque nunca los hubo y no los volverá a haber. Baruc huye, y con él, la felicidad de su familia.
Ruben Abella (Valladolid, 1967) plasma en Baruc en el río (Destino) el espinoso paso de la adolescencia a la vida adulta, la nostalgia de la despreocupada felicidad del quinceañero y la culpa por no haber actuado cuando el apuntador de la vida nos llamó a escena.
Hugo, el hermano pequeño de Baruc, narra los hechos 30 años después porque lleva "la vida entera sin gestionar bien" lo que sucedió y cargando con el peso de la culpa por saber que "pudo haber hecho algo para frenar a Baruc", comenta Abella.
Pero con 43 años Hugo sigue siendo igual de naíf que a los 13. "Trata de cambiar lo que pasó con las palabras", convencido de que somos lo que recordamos, como dice en una ocasión el narrador. Es el típico pensamiento de 'si no lo digo no pasó', pero sí, Baruc se fue al río echando chispas, sin entender qué había hecho aquella resabiada señora del tortazo con su siempre cariñosa madre, y nunca volvió.
"Le puede el orgullo del adolescente, el desconcierto del momento, pero lo que quiere desde el principio es volver a casa", dice el autor, firme defensor de la máxima "no hay novela sin conflicto".
De todas las novelas de Abella -casualmente, todas premiadas- ninguna es tan autobiográfica como esta nueva, aunque tampoco es un reflejo de su adolescencia. "Hay detalles de mi familia, de cosas que recuerdo y conozco pero no hay forma de unir los puntos para formar una figura como en un juego de niños", avisa.
Ruben Abella posando entre libros |
ADN.es
Pero se despista, y en su casa la hora de comer es sagrada. Cuando aparece, además de tarde con un perro mil leches cosido a los talones, la madre le planta el bofetón en mayúsculas, porque nunca los hubo y no los volverá a haber. Baruc huye, y con él, la felicidad de su familia.
30 años después
Ruben Abella (Valladolid, 1967) plasma en Baruc en el río (Destino) el espinoso paso de la adolescencia a la vida adulta, la nostalgia de la despreocupada felicidad del quinceañero y la culpa por no haber actuado cuando el apuntador de la vida nos llamó a escena.
Hugo, el hermano pequeño de Baruc, narra los hechos 30 años después porque lleva "la vida entera sin gestionar bien" lo que sucedió y cargando con el peso de la culpa por saber que "pudo haber hecho algo para frenar a Baruc", comenta Abella.
Pero con 43 años Hugo sigue siendo igual de naíf que a los 13. "Trata de cambiar lo que pasó con las palabras", convencido de que somos lo que recordamos, como dice en una ocasión el narrador. Es el típico pensamiento de 'si no lo digo no pasó', pero sí, Baruc se fue al río echando chispas, sin entender qué había hecho aquella resabiada señora del tortazo con su siempre cariñosa madre, y nunca volvió.
"Le puede el orgullo del adolescente, el desconcierto del momento, pero lo que quiere desde el principio es volver a casa", dice el autor, firme defensor de la máxima "no hay novela sin conflicto".
De todas las novelas de Abella -casualmente, todas premiadas- ninguna es tan autobiográfica como esta nueva, aunque tampoco es un reflejo de su adolescencia. "Hay detalles de mi familia, de cosas que recuerdo y conozco pero no hay forma de unir los puntos para formar una figura como en un juego de niños", avisa.
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