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domingo, 27 de noviembre de 2011

Flamencos y arenales tierra adentro

LA RUTA

Una vuelta al multicolor embalse de Santomera permite asomarse a uno de los humedales con más contrastes de la Región

25.11.11 - 00:52 - PEPA GARCÍA | FOTOS: GUILLERMO CARRIÓN pegarcia@laverdad.es

Flamencos y arenales tierra adentro
El entorno de este espacio protegido también permite disfrutar de la arqueología
Es fácil descubrir fósiles marinos junto a la desembocadura de rambla Salada, si se le dedica un rato
Las indudables protagonistas son las aves, pero es mucho lo que hay que ver
A 5 kilómetros de la localidad de Santomera se encuentra el embalse del mismo nombre, una masa de agua salobre en la que desembocan la rambla Salada y la rambla del Ajauque, caudales que irrigan uno de los más importantes humedales de la Región de Murcia -Paisaje Protegido, ZEPA, LIC e incluido en la Red Natura-, en el que desde hace cuatro o cinco años se ha instalado una colonia estable cada vez más numerosa de flamencos.

Con más de setenta especies de aves, muchas de ellas acuáticas -como la cigüeñuela por la que se reconoció la zona como ZEPA-, este territorio semiárido de la Región esconde bellísimos rincones y divertidas curiosidades.

El agradable paseo comienza en la presa del embalse, en dirección a la cola, por la margen izquierda, siguiendo los primeros tramos del sendero de Los Ásperos (que luego dejaremos). El primer tramo discurre por un camino rodeado de pinos, repoblados cuando se construyó el embalse (1960-1965) para evitar que las escorrentías arrastraran las inestables laderas, y junto a la cantera que desde hace unas décadas permanece inactiva. Un cernícalo nos sobrevuela.

Ya habrán tenido oportunidad de ver la vida que albergan estos caudales salados (cuando llegamos, un reducido grupo de tarros blancos nada en aguas profundas) y más adelante, según vayan internándose en dirección a los arenales y las ramblas, les quedará más patente. Entre los arbustos que pueblan la zona, podrán ver la cornicabra o cornical, un iberoafricanismo protegido por su escasez; la albaida crece a los lados del camino, y también encontrará palmito y lentisco (casi al final de la ruta pasará junto a unos muy saludables, ya casi árboles).

Tras la subida, a la izquierda (a poco más de 2 km. del inicio), aproveche las privilegiadas vistas que le proporciona el Mirador de Los Clementes, sobre Los Ásperos. A una decena de metros del camino, una loma le permite observar el embalse, sus islas y arenales, sus tranquilas aguas y sus aladas comunidades desde una perspectiva inmejorable, con el Charco Negro al frente, una poza junto a un cortado de piedra de tonos negruzcos donde antiguamente los santomeranos iban a refrescarse en los tórridos meses de verano. También se puede ver la desembocadura de las dos ramblas que traen desmayadas las salerosas aguas de las ramblas Balchilla (a la derecha) y Salada (o Ajausar) a reunirse en el embalse. Desde lo alto y con prismáticos, se aprecia como una legión de fochas se despereza sobre el agua; a simple vista apenas son negras sombras. Un nutrido grupo de flamencos toma el sol y un húmedo aperitivo mañanero. Sobre el arenal de Los Clementes, un cicloturista pone en fuga a las bandada de fochas, que una veintena de metros más arriba vuelve a detener su vuelo. Los flamencos, ni se inmutan.

Al frente puede ver la desembocadura de la rambla de Tafalla, con sus correspondientes playas pantanosas, que unos 7 km. después, ya de vuelta, cruzará sobre el puente que ahora ve en la lejanía. Porrón común y alguna malvasía cabeciblanca, más rara, también habitan este maravilloso monte en el que no esperen encontrar frondosos bosques, pero sí plantas pirófitas como la genistas, y tarays, cañas, juncos, carrizales o limonios.

La pista sigue descendiendo y, en la bifurcación, debe coger la senda de la izquierda, paralela a la pista que deja, y que le llevará rodeando el pantano. Hay otro cruce de caminos más, el primero a la derecha (tras una curva pronunciada) y luego a la izquierda por una senda más estrecha. Es cuando se abandona la pinada y se pasa a terreno más árido. El objetivo es bajar a la rambla de Balchilla para cruzarla. Si se encuentra con el algarrobo que hay junto a un vallado…, va por buen camino; en unos centenares de metros se encontrará en la ribera de la rambla, junto al tupido bosque de tarays, juncos y cañas. Remonte su curso pegado a ella y tras vadear un pequeño ramblizo de esas tierras margosas, llegará a un túnel de cañas donde cruzar la rambla, aunque no sin mojarse las botas.

Un centenar de metros campo a través le llevarán a un camino que regresa hacia la cola del pantano. Ya sólo tiene que dirigir sus pasos hacia la puerta que le marcan las dos lomas que encajonan la rambla Salada. Lo hará por la margen izquierda y pasará junto a los restos de unas trincheras que atribuyen a las guerras carlistas y cerca de un prehistóroco taller de sílex (al otro lado de la ladera). La rambla la cruzará por una represa utilizada para canalizar las aguas de la rambla a un balneario -ha sido tradicional el uso de los lodos de este curso de agua permanente como tratamiento de salud-.

Pasarán junto a unas laderas de yeso en las que es fácil descubrir fósiles marinos, si se le dedica un rato. Unos metros más adelante hay un gran eucalipto, bajo el que puede descansar un rato y reponer fuerzas.

Enseguida llegará a la zona de badlands, pero antes de abordar la montaña rusa que superar esta zona supone, pasará junto a la curiosa palmera-chumbera, desde donde podrá observar más detenidamente a la avoceta, al zampullín chico y al porrón común picoteando en busca de alimento. El recorrido le obliga a descender a la rambla por una inclinada pendiente de los badlands y volver a subir una vez cruzada. Para luego, tras atravesar el Puente de Tafalla, junto a una enorme finca construida en el límite mismo de este espacio, para dirigirse hacia la orilla blanda y húmeda del embalse y disfrutar 100% de las aves, que son las protagonistas de esta excursión: las alas rosas y negras desplegadas de unos señoriales flamencos aparentemente blancos; la fragilidad de las patas de una avoceta pescando en las aguas más someras de la cola del pantano… Y los millones de espejos centelleando al sol tibio del otoño; y las rojizas plantas halófitas que sobre viven bebiendo sal viva; y la vegetación acuática, algas y plancton que alfombra la tranquila corriente; y las curiosas ardillas observando desde el borde de Los Cuadros; y las ramas secas encalladas en el fango de la ribera del lacustre embalse, antes de volver a la presa; y hasta la barca varada en la arena.

Flamencos y arenales tierra adentro
Represa por la que se cruza la rambla
Salada, cubierta por una alfombra de 
vegetación acuática, líquenes y plancton.

EN IMÁGENES

Fauna terrestre. Junto a la ardilla de la imagen, habitan la zona otras especies como el lirón careto, la comadreja, el erizo, la lagartija colirroja y el lagarto ocelado, el sapo corredor y el de espuelas común, además de innumerables invertebrados, todos ellos indicadores del estado de conservación de este valioso humedal.

Asociación curiosa. Podrá ver una palmera a la que se abrazó, cuando aún pisaba suelo, una chumbera que hoy sobrevive a más de 4 metros de tierra en un mirador ideal.

Salicornia. Junto a tarays, juncos, carrizales y cañas, destaca la vegetación halófita, adaptada a terrenos hipersalinos como los de estas ramblas; una de las destacadas es esta rojiza salicornia. Junto a los badlands destaca el limonio.

Alfombra multicolor. El tranquilo cauce de las ramblas, a su llegada al embalse, está tapizado por una tupida vegetación acuática de tonos verdes que contrasta con los rojizos de plantas como la salicornia.
Lentisco. El lentisco está presente en esta ruta, al inicio y al final, donde un conjunto de arbustos de esta especie, al borde de Los Cuadros, ha alcanzado porte arbóreo.

GUÍA

Cómo llegar

Desde la autovía A-7, en dirección a Alicante, tomen la salida de Fortuna de Fortuna y siga las indicaciones que le conducen al Embalse de Santomera. Puede aparcar junto a la presa.

Recomendaciones
 
La ruta, de unos 12 kilómetros, merece la pena hacerla en otoño; discurre por terreno con poca sombra y uno de sus principales atractivos, entre la amplia paleta, es la observación de las aves; así que mejor tómelo con calma. Si hace sol, lleve gorra y gafas; si está lloviendo, mejor déjelo para otro día, es zona de avenidas y no es la opción idónea. Eso sí, no olvide los prismáticos y una guía de aves o un amigo que esté empapado en la materia para disfrutar la jornada al 100%. Tardará algo menos de cuatro horas en dar la vuelta a todo el embalse.
Fuente: laverdad.es

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