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domingo, 23 de octubre de 2011

La Isla del Lector.- Elvira Lindo: "Me entiendo mejor con los forasteros"

Elvira Lindo

Entrevistas /  Entrevista a Elvira Lindo. La escritora española pasó por Buenos Aires para participar del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA). En ese marco, presentó su última novela, Lo que me queda por vivir, y compartió una mesa sobre el humor y la literatura infantil con Luis María Pescetti. Guionista y periodista, Lindo no conoce de fronteras a la hora de contar historias. Versatilidad y experiencia se combinan en la voz de una autora imprescindible. 
 
Por Pablo Méndez Shiff
Hay algo en la prosa de Elvira Lindo que la vuelve cautivante. Quizás por sus años de guionista en radio, cine y televisión. Lo que sorprende en todo momento es la credibilidad de los personajes, su pulsión: su vida es como la de cualquier otro ser humano, triste o descarnada. Elvira Lindo no hace concesiones, no enmascara las situaciones; muy al contrario, las retrata con total naturalidad, apela a lo coloquial, las expresiones enfáticas o el argot que acentúan los caracteres de personajes y situaciones. Elvira los deja hablar y pese a la aparente sencillez, intuimos que el lenguaje ha sido construido al milímetro, obviando cualquier retórica que entorpezca el realismo peligrosamente con un sentimentalismo ajeno a la historia.

De provocación, mucho. No es algo pretendido. No puede evitarlo. Está en su carácter, como el humor. Siempre dice algo con la mayor franqueza que resulta inconveniente o toca una fibra que no se esperaba. En sus últimas dos novelas, Una palabra tuya y Lo que me queda por vivir, traza una fotografía de dos mujeres, Rosario y Antonia, que no terminan de encontrar su lugar en el mundo. No les gusta, no las deja quietas.

-¿Se podría decir que las protagonistas de tus últimas novelas son personas insatisfechas?

-Lo que ocurre es que cuando dices la palabra insatisfecha suena así como bajón. Y son personas insatisfechas, pero creo que son rebeldes. No se acaban de conformar con su destino. Aunque son dos personalidades diferentes, son dos mujeres cuya insatisfacción proviene de querer otra cosa de la que tienen. Rosario, de Una palabra tuya, es toda una personalidad. Me gustó mucho escribir Rosario porque estaba afirmando siempre cosas, y hablaba de todo: de los sindicatos, de la política, del destino, de la sociedad, de Dios. Todo el libro está lleno de afirmaciones. Claro, soy una persona que duda tanto de las cosas que de pronto me daba alegría tener un personaje, hacer la voz de alguien que está tan segura de lo que piensa. Y en el caso de Antonia, tiene más que ver conmigo. La persona, la mujer que al contrario, no pudiera afirmar nada porque no está segura de sí misma, no sabe qué puesto ocupa en el mundo. No sabe ni cómo quiere ser querida ni cómo querer a alguien. Está en continua búsqueda de algo que no encuentra. De las dos me gusta que son inteligentes. Ambas están insatisfechas porque son inteligentes.

-¿Y no se espera que las mujeres sean inteligentes?

-Es que la vida puede tener muchos caminos diferentes, y hay veces que la gente se conforma con uno de los caminos que toma. Y hay otras estas personas que piensan que sí se han equivocado, que los otros caminos posibles habrían sido mejores que el que tomaron.

Sabe que cada vez que se escribe un libro, se intuye cuál va a ser la penitencia que se va a tener que pasar. En este caso, la suya ha sido saber que iban a preguntarle por las similitudes entre su vida y la de su protagonista. Y mucho se ha comentado sobre qué parte de lo que se narra en se corresponde con la realidad y qué parte es pura ficción. Es cierto que la protagonista tiene aspectos biográficos comunes con la propia Elvira Lindo, pero especular sobre este asunto parece estéril. Al fin y al cabo todo novelista emplea en mayor o menor grado elementos autobiográficos, experiencias personales, temores, ilusiones, miedos o errores propios o ajenos que, dándoles forma literaria, sirven para transmitir una verdad. Es esa verdad, propiamente literaria, hecha de retazos y experiencias, de invención y de realidad, la que, si el escritor es talentoso y el trabajo está bien hecho, atraviesa al lector y lo transforma, convirtiéndolo en alguien distinto de lo que era antes.

-¿Cuánto tuyo hay en Antonia?

-Siempre he dicho que es una novela, porque no podría decir que son mis memorias: si hubiera querido escribir mis memorias las habría escrito. Quería escribir una novela, escribir literatura. Pero todos los personajes, por muy distantes que sean a ti, tienen algo de tu alma. Aunque sea un hombre, un niño, un viejo. En el caso de Antonia, no ya por los datos biográficos concretos, que los hay, algunos muy parecidos, sino por esa especie de vulnerabilidad, de persona vulnerable que al mismo tiempo intenta ser valiente en la vida y conseguir lo que le gusta. Es muy insegura, muy reflexiva. No sé, creo que me parezco cuando tenía los años que tiene Antonia en la novela.

- ¿Cómo eras?

-Era muy observadora. Y eso me hacía vivir en ese ambiente pero no formar parte del ambiente. Quedarme un poco fuera para observar. Yo viví aquellos años de los 80, estaba trabajando en la radio, era un lugar privilegiado para ver lo que estaba sucediendo en España, porque la radio era entonces un medio muy moderno, tal vez el más moderno de los medios de comunicación. La gente joven de pronto empezó a escuchar la radio muchísimo, era el medio que acercaba las novedades musicales, adoptó en primer lugar una forma diferente de hablar, más democrático. Fue el medio fundamental de la transición; me permitía ver todo eso. Era muy jovencilla y conocí a muchos de esos personajes de la Movida, etcétera. Pero siempre lo veía un poco desde fuera, no me sentía parte de ese tipo de personalidades extravagantes. Tenía mi propia extravagancia, que era ser una chica de barrio que sentía como que viajaba al centro del mundo cada día para trabajar en la radio, que tenía un niño cuando nadie de ninguna de mis compañeras tenía un niño. Eso me confería una particularidad. El hecho de moverme entre dos orillas, entre el mundo de la modernidad juvenil y otro mundo diferente, el de mi barrio, que no era moderno. A mí me gustaba mucho, pero…

-Te sentías forastera en los dos lugares.

-De pronto lo has expresado muy bien. El libro trata de eso: de una persona que es forastera en todos los sitios; en el pueblo de su madre, en la ciudad en la que está ahora, en el mundo de la modernidad y en el mundo de la maternidad también. En todas partes.

Elvira Lindo es un buen ejemplo de que, cuando alguien tiene madera de escritor, no importa en qué estilo o grupo literario genere su obra. Ella ha sabido cruzar a la perfección ese difícil puente que hay entre la literatura Infantil-Juvenil y la adulta.

El humor se encuentra en uno mismo, y Elvira Lindo no puede evitar tener un toque cómico. Podría haberse dedicado a eso, pero sentía que no podía estar haciéndolo toda la vida porque se trataba de un disfraz.

-¿Y te sentís híbrida? Has escrito en radio, televisión, periodismo, literatura.

-Completamente (risas). Además creo que me entiendo mejor con la gente que es un poco forastera, porque las personas enseguida entran… Veo a gente muy joven ahora que ya se siente de su gremio: desde periodistas hasta escritores que inmediatamente forman parte de su pequeña generacioncilla. A mí todo eso… Creo que es una forma muy aburrida de ser joven. Y sinceramente me siento mejor con la gente que va un poco por libre. No solamente ideológicamente y todo eso, sino que va por libre en su oficio.

-En la charla que diste en el FILBA, dijiste: “La gente que escribe solamente para adultos y desprecia el público infantil, no sabe lo que es la verdadera felicidad”. ¿Podrías explayarte un poco sobre esa idea?

-Es muy común que los escritores sientan que forman parte de un oficio superior. No sé por qué. No creo que mi oficio sea más, que haya que desplegar un talento mayor que para otros. Tengo mucha relación con científicos y creo que para investigar ciertos asuntos, yo que sé, de inteligencia emocional o de memoria espacial, hay que tener mucho talento. Narrar historias es importante, pero no es lo más importante que se hace en la sociedad. Es esencial, y en ese aspecto tiene que haber adultos que narren a los niños pequeñas historias porque es una forma de entender el mundo, necesaria. Es un aprendizaje que ayuda a colocar las cosas en su sitio, a que entienda el mundo, a que empiece a tener ideas morales, éticas. Es esencial. No sólo no le quito importancia, sino que me parece que siempre ha existido porque es tan esencial como estudiar otro tipo de cosas. Lo que no me gusta es la palabrería en torno al oficio, la pedantería, y por supuesto, el pensar que somos elegidos.

-¿Qué leías de pequeña?

-Leía y veía de todo, porque los niños lo que queríamos era hacernos adultos para poder ver y leer lo que leían los mayores. Uno quería ser mayor. Ahora soy una persona muy poco nostálgica y respeto a la infancia desde afuera. Otra cosa es ese tipo de personas que pierden cualquier tipo de inocencia, que a mí me resulta muy atractiva. Y a veces hago personajes que son como el símbolo de esa inocencia, como le ocurre a Milagros en Una palabra tuya. Siento mucho respeto por esos personajes inocentes. En el caso de este libro, como personaje el niño es tan importante como el adulto. Y me gusta mucho la manera en que Salinger retrata a los niños, cómo los hace hablar; todo eso me parece maravilloso.

-Los escucha.

-Eso me parece prodigioso, lo tuve en cuenta cuando escribí… Cuando lees otros escritores aprendes. Hay gente que dice que leer buenos escritores intimida, y a mí me pasa al contrario: me inspira, me permite aprender. Hace poco estuve releyendo la obra de Salinger, que siempre me gustó mucho. Leí su biografía y empecé a leer otra vez de nuevo sus cuentos. Me gusta mucho la manera en que él habla de los niños, eso es a veces muy difícil en la literatura. Porque tienes que hacerlos creíbles. En el caso de Salinger, son niños sabios siempre.

-¿Cuál es tu visión de lo mainstream para el público infantil? En el libro, hay una escena en la que Antonia y su hijo Gabi bailan al son de una canción de Pinocho, ante la mirada reprobatoria del padre del niño.

-No sé cómo será aquí, pero en España, por fortuna, se ha pasado esa fiebre anti Disney. Sí me acuerdo que, yo que sé, hace veinte años, era el demonio. Un demonio fascista. No te puedo decir que películas como Fantasía, que fue la primera película con una música compuesta para una coreografía aunque sean dibujos, sea un producto de una ideología o les esté inculcando a los niños ideas capitalistas, etcétera. No. Creo que a veces hay que mirar las cosas con inocencia. Hay películas de Disney que me parecen muy cursis, muy lacrimógenas, pero hay otras, por ejemplo como El Libro de la Selva, que me encantan. Creo que también les gusta mucho a los niños. Me gusta la banda sonora, la música, creo que está fenomenalmente interpretada, cantada, que se trata de educar e introduce a los niños en una música jazzística muy bonita. Pero no sé… Medir la literatura infantil por su componente ideológico es, a veces, injusto, y a veces da una idea del niño muy pobre, como si fuera un ser engañado completamente.

-Has escrito numerosos libros. ¿Cómo convivís con el éxito editorial? ¿Escribir y no pensar tanto en estar a la altura de lo ya hecho?

-No es que no me importe; esa frase del escritor puro que no le importa ni lo que vende no me lo creo. Pero realmente cuando me pongo a escribir no pienso en eso. Fíjate que escribo dos artículos, dos columnas para El País a la semana. Entonces, si tuviera que ponerme a pensar en lo que de alguna manera he conseguido… No lo pienso.

-En esas columnas hablás de la realidad política y social de España. ¿Cómo ves el actual escenario?

-Pues mira, la situación en España es difícil, sobre todo por los cinco millones de parados. Eso es mucho. Y por la falta de promoción o futuro de los trabajadores más jóvenes. Es necesario para que un país avance que la gente piense que puede prosperar en su trabajo, su vocación, que empiece a ganar más dinero. Pero al abrir el periódico cada día y encontrarse con noticias más fatales y desalentadoras está provocando un miedo en la población que es peligroso, que va a provocar una especie de paralización. Del dinero y del movimiento en la economía. No puedes estar amenazando todo el tiempo a un país con que va a tener que ser “rescatado”. Sales a la calle en España y miras a la gente y dicen: ¿De verdad tenemos que ser rescatados? Puede ser una de esas profecías autocumplidas.* 

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