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sábado, 3 de septiembre de 2011

Moderados por necesidad (3)

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Supieron leer la realidad y tuvieron conocimientos y determinación para hacer algo que era obvio

 
Artículos | 03/09/2011 - 02:23h

La evolución económica de España desde el final de la Guerra Civil –"una verdadera calamidad para la economía española", en palabras de Charles Powell– se manifiesta en estos datos: la renta per cápita, que en 1940 había caído un 14% respecto a la de 1930, apenas mejoró durante los años 40, con el agravante de que, mientras en 1930 la renta por habitante española era sólo un 13% menor que la italiana, en 1950 era inferior en un 40%. "Francia e Italia –escribe Joaquín Estefanía– tardaron sólo tres años en recuperarse de la Guerra Mundial, recuperación que en España se prolongó durante más de diez años". Sobre esta base, a mediados de los 50, España caminaba desde la autarquía hacia la bancarrota. El intervencionismo administrativo había alcanzado cotas delirantes y el Estado estaba al borde de la quiebra. Hubo momento en que las reservas de divisas apenas alcanzaban para pagar en dólares el petróleo indispensable para nuestra economía. En estas circunstancias, accedieron al poder los primeros tecnócratas –Mariano Navarro Rubio como ministro de Hacienda y Alberto Ullastres como ministro de Comercio–, precedidos por el acceso de Laureano López Rodó –auténtico eje del grupo– a la secretaría general técnica de la Presidencia del Gobierno, es decir, al lado del almirante Carrero y, a través de este, del general Franco.

La acción de los tecnócratas se concretó prioritariamente en el Plan de Estabilización, que ha sido definido como el primer gran documento de política económica en la España de la modernidad. Sus objetivos, según Ullastres, eran cuatro: convertibilidad, estabilización, liberalización e integración, es decir, reducir la inflación, liberalizar el comercio exterior, conseguir la convertibilidad de la peseta para facilitar los intercambios y liberalizar también la actividad interna, todo lo cual se resumió en dos objetivos: lograr un mayor desarrollo aprovechando la coyuntura mundial y facilitar la integración de la economía española en la internacional, comenzando por la de la CEE. Sus resultados fueron inmediatos: unas tasas de crecimiento anual del 7% durante los 60 (España ganó 20 puntos en el PIB per cápita respecto a los países de la CEE: del 50 al 70%), si bien a un alto coste social, medido en términos de caída de los salarios y emigración.

Dos apuntes más contribuirán a perfilar aquel momento. En primer lugar, sobre la autoría del Plan, Fabián Estapé ha escrito que "la máxima autoridad científica detrás de este Plan corresponde a nuestro Joan Sardà Dexeus", director del Servicio de Estudios del Banco de España, que contó también con la aportación del grupo aglutinado en torno a la revista Información Comercial Española, dirigida por Enrique Fuentes Quintana, director del Servicio de Estudios del Ministerio de Comercio. Y, en segundo término, sobre los efectos profundos del Plan, Sardà le dijo a Estapé –poco antes de morir– algo que, en estos días que corren, reviste una especial relevancia: "Creo que todos, en aquel año decisivo, pecamos, y yo el primero, al priorizar la estabilidad sobre el crecimiento". Pero, al margen de este sugerente comentario –que convendría no olvidar hoy, cuando tanto se hable de recortes–, lleva razón Luis-Ángel Rojo al denunciar la tentación de creer que el Plan fue sólo una operación técnica, "dejando escapar así su verdadero significado: el Plan implicó el reconocimiento de que las posibilidades de desarrollo del país, dentro de los esquemas característicos de la etapa de autarquía, estaban agotadas y abrió las puertas de una fase de incorporación de nuevas formas de producción y de vida, cuyo resultado habría de ser un cambio social acelerado en los años siguientes".

Hay que añadir al respecto que, paralelamente a este proceso, los tecnócratas libraron una batalla contra el sector falangista del régimen con el objetivo de abortar los proyectos del ministro Arrese, tendentes a convertir al Movimiento Nacional en un partido único en el marco de un Estado totalitario. Frente a esto, los tecnócratas –López Rodó, en concreto– jugaron la carta de la juridificación del Estado –ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado, ley de Procedimiento Administrativo y ley orgánica del Estado–, en el marco de una dictadura tradicional de derechas que pretendía legitimarse con criterios de eficacia en la gestión y de desarrollo económico.

Pasaron los años y, mediados los 70, una amplia clase media relativamente acomodada surgida al calor de un crecimiento continuado hizo posible –entre otros factores– el tránsito a la democracia. No pretendo establecer una relación de causa a efecto porque no la hay, al faltar la intencionalidad en tal sentido por parte de quienes impulsaron el proceso de desarrollo económico. Pero tan cierto como esto es que supieron leer la realidad de entonces y tuvieron los conocimientos precisos y la determinación imprescindible para hacer algo que era obvio. Fueron por ello moderados: moderados por necesidad. Y, ya se sabe, la necesidad crea virtud.

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