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domingo, 7 de agosto de 2011

Un día en la vida de Abdellah

Internacional

 

Veinticuatro horas en el discurrir diario de un ciudadano de Damasco, de clase media, muy religioso y nada político

 

Día 07/08/2011
 
Un día en la vida de Abdellah
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Abdellah trabaja en una fábrica de productos comestibles. Siete días a la semana. Sin descanso. Aun así dice que no se puede quejar, teniendo en cuenta lo difícil que están las cosas en estos momentos. En días normales, el sirio no es de mucho madrugar. Pero en este mes de ramadán Abdellah tiene que levantarse antes de las seis para desayunar antes de que salga el sol. Un desayuno robusto: musabbaha (puré de garbanzos), huevos y aceitunas.

A Abdellah (27 años) le crea mala conciencia no poder llevar a cabo con rigor las cinco oraciones que marca el ramadán. El trabajo, los encargos lo dificultan. Los sirios, no obstante, tampoco son de estresarse en el trabajo. Se lo toman con relajo. Para ir y volver a la empresa, tiene que soportar los atascos habituales en cualquier gran ciudad. Aunque los de Damasco no tienen nada que ver con los infernales atascos de El Cairo. Siria siempre ha sido uno de los países árabes más organizados. Nuestro Abdellah es de una educación exquisita y no duda en ceder el asiento en el transporte público. Costumbre habitual en Siria.

Abdellah es muy creyente, pero no fanático. Entabla amenas discusiones sobre, por ejemplo, el origen celestial o darwinista del ser humano y escucha atentamente a su interlocutor, sin exabruptos. Asegura que este año el ayuno está siendo «muy difícil». Su jornada laboral comienza a las diez de la mañana. El trabajo físico le agota en días de ayuno. Dice que ha perdido tres kilos desde el inicio del ramadán. No le sobran. Es más bien delgado. «Hay muchos estudios científicos que demuestran que el ayuno del ramadán es muy sano para el cuerpo», apunta. Suele trabajar entre ocho y diez horas diarias.

Vive en un barrio de las afueras de Damasco, en una zona montañosa, donde, confiesa, «sí que ha habido problemas». Manifestaciones. Él no ha participado en ninguna. Se mantiene al margen. «No quiero meterme en líos», sostiene. Evita entrar en temas sensibles. Forma parte de ese sector de la población que no se compromete. No muestra empatías ni por unos ni por otros. Conforme vengan los cambios se amoldará a ellos.

Cuando rompe el ayuno al final del día, lo primero que hace Abdellah es beber agua. «Llevas casi todo el día con la garganta completamente seca. Sólo quiero agua, me da igual la comida», cuenta. Cuando se rompe el ayuno es también cuando comienza la vida social en Damasco. La gente se reúne con la familia y los amigos a charlar. El gran entretenimiento de los sirios es la vida en familia y la charla con los amigos. Sale barato. Les basta con verse a la puerta de casa o en un parque público, al que se llevan unos narguiles (pipas de agua) para pasar la jornada. Aunque a los hombres también les encanta pasar las horas ante un café turco o un té (unos ocho céntimos consumición).

Abdallah gana 280 euros. Un sueldo medio. En Siria no se pasa necesidad, pero hay que mirar mucho por la economía. El alquiler de una casa más bien modesta, de dos habitaciones y salón ya se lleva unos 100 o 120 euros mensuales. Y para la bolsa de la compra hay que contar con unos cinco euros por día. El restaurante es para ocasiones especiales. Y por unos diez euros pueden comer bien dos personas. Al café no entran las mujeres. Pero la condición de la mujer en Siria es avanzada. Está integrada en el trabajo. No se siente relegada. Y es libre de ir con o sin velo.

Siria es un mosaico de comunidades y religiones. Pero no hay guetos. Y es común la amistad entre suníes, cristianos, alauíes o kurdos. Los drusos son los más herméticos. La ruptura de ese equilibrio es lo que se teme de la revuelta.Y el régimen aprovecha y azuza esos miedos.

Cuando vuelve a casa, al final de la jornada, Abadellah palpa la tensión que impone el ayuno. Aunque él es un un firme partidario del ramadán. En tiempos de Mahoma, explica, «durante las batallas, el ramadán se cumplía de manera mucho más estricta que ahora, y ganaban». Abdellah encuentra un gran placer en el Corán. «Es un océano. Contiene respuestas para todas las inquietudes del hombre, soluciones a infinidad de problemas y explicaciones sobre la naturaleza que se han adelantado a posteriores evidencias científicas».

Pero no es un fanático y niega que en Siria haya integristas. Ni siquiera considera que los Hermanos Musulmanes cuenten con peso local después de que el ex presidente Hafez Al-Assad los «arrasara».

Para Abdellah, el matrimonio es «algo muy importante», que debe durar «toda la vida», aunque aún no le ha llegado el momento: «Para dar el paso hay que tener estabilidad. Dinero para una casa, un coche, alimentar a la familia… Son muchos gastos y los sueldos escasos. Así es muy difícil que podamos casarnos». Sin embargo, hay excepciones. Su prima, de 15 años, se acaba de comprometer con un primo segundo, de 19 años. «Él todavía no trabaja. Ella no tendrá que hacerlo. Así es preferible», dice.

Para el futuro Abdellah tiene un plan A y un plan B. El plan es marcharse al Golfo Pérsico conseguir un buen empleo y ahorrar dinero. El B es permanecer en Siria y utilizar la ayuda de su padre para montar su propio negocio. Los dos se han ido al traste por la situación que vive el país. «No me puedo ir ahora y dejar a los míos. Y tampoco es momento para crear una empresa... Qué se le va hacer», se resigna.
Fuente: ABC

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