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domingo, 29 de enero de 2012

Alentejo: el alma rural de Portugal

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La región del Alentejo sorprende por su carácter humilde y fascina por su diversidad. A un paso de Extremadura nos espera patrimonio, naturaleza, enología, buena cocina...

Alentejo: el alma rural de Portugal
28 Enero 12 - - Raquel Bonilla >> Évora
Está a un paso y aun así es un gran desconocido. Pero sobran las razones para acabar con este adjetivo. Basta cruzar la línea fronteriza que separa Badajoz y Portugal para colarse en una región que sorprende por su carácter humilde pero que fascina por su gran diversidad. En el Alentejo hay patrimonio, naturaleza, enología, historia, buena cocina y al sur no faltan las playas atlánticas. Todo ello sin perder la esencia de lo auténtico, resguardando el olor y el sabor de las tradiciones de antaño.

Nuestro viaje comienza en Lisboa, pero la capital sólo es el inicio de una seductora ruta que se adentra en el corazón de Portugal y que queda grabada en la retina, en el paladar, en el olfato y en el espíritu. Porque esta tierra huele a vino, sabe a contundentes recetas, rebosa luminosidad y despierta el alma.

La primera sorpresa de la expedición es la pequeña localidad de Montemor-O-Novo, pues aquí se esconde L’And Vineyard, un lujoso «wine-hotel» de reciente construcción nacido a la sombra de una bodega. No hay mejor lugar para iniciarnos en la enología y gastronomía del Alentejo, aunque en este caso predominan los toques de cocina moderna. Pocos kilómetros más allá llegamos a Arraiolos, donde la tradición, presentada en forma de tapices, es la estrella protagonista, pues la técnica de estos tapetes data del siglo XV. Recorrer un par de callejuelas es suficiente para descubrir el saber hacer de mujeres como Margarita u Hortense, quienes llevan toda la vida con una aguja entre las manos. Es la memoria que no se puede perder y que a pesar de los años se mantiene intacta, pues tal y como cuentan «en todas las casas del pueblo las mujeres dedican gran parte de su tiempo a bordar la lana de las ovejas de la región». El resultado son magníficos tapices de todos los tamaños y colores que han logrado dar la vuelta al mundo. Después de contemplar el castillo de la localidad y recorrer la plaza mayor, recuperamos fuerzas en O Alpendre, un restaurante donde, ahora sí, con fados de fondo la típica cocina alentejana llena la mesa de materias primas muy sencillas pero muy energéticas, como la farinheira, un embutido hecho a base de manteca de cerdo, las migas de bacalao o la empanada de pollo.

Tras un sueño reparador en Casa do Plátano, un coqueto hotel rural de 9 habitaciones, la ruta continúa dirección a Évora, la joya de la corona de la región. No es para menos, pues la ciudad es Patrimonio Mundial de la Unesco por su conjunto arquitectónico y artístico. El acueducto y la muralla medieval nos dan la bienvenida, pero la fascinación se mantiene al cruzarla, pues Évora alberga, por ejemplo, la segunda universidad más antigua de Portugal, donde los jóvenes labran su futuro en las vetustas celdas de los frailes, decoradas con magníficos azulejos barrocos. El caserío blanco, tan sólo roto por el color amarillo o azul de los rodapiés, nos lleva hasta el centro de la localidad a través de calles empedradas. Ante nosotros aparece la silueta de la monumental Sé Catedral, en cuyo interior se esconde el órgano de tubo más antiguo del mundo que aún funciona. Si el vértigo lo permite, hay que subir a los tejados del santuario, desde donde contemplamos una panorámica única e intuimos el perfil del famoso templo romano, imagen de marca de la ciudad, pues es uno de los mejor conservados de la Península Ibérica. Para seguir profundizando en la cocina alentejana hay que sentarse a la mesa de Dom Joaquim y dejarse aconsejar, pero si queremos un toque más moderno, el restaurante Aqueduto es el lugar idóneo.

La iglesia de San Francisco es otra visita obligada, aunque la gran sorpresa está en su edificio contiguo: la capilla de los huesos, construida en el siglo XVIII por los franciscanos y revestida con huesos y calaveras procedentes de los cementerios de la ciudad. Aunque la sensación es algo espeluznante, el lugar invita a la reflexión sobre la frágil existencia humana, más aún cuando leemos: «los huesos que aquí estamos por los vuestros esperamos». Con la necesidad de tomar algo de aire fresco, los pies nos llevan hasta la Praça do Giraldo, llena de vida y rodeada de soportales, no en vano es el centro neurálgico de Évora. En sus alrededores no es difícil toparse con tiendas de artesanía del corcho que nos dejan boquiabiertos, como la de Mont’sobro, donde la corteza del alcornoque toma forma de sombreros, paraguas, joyas y hasta zapatos.

El viaje continúa por un paisaje salpicado de mil y un alcornoques, y ahora entendemos el porqué de la devoción a este material, pues en el Alentejo se produce el 60 por ciento de todo el corcho del mundo. Y así, en una dehesa de alcornoques desprovistos de su piel, irrumpimos, casi sin darnos cuenta, en el recinto megalítico de los Almendres, con 95 menires que nos invitan a pensar en otro tiempo. No muy lejos se sitúa Imani Country House, una antigua quinta agrícola convertida en hotel boutique de lujo, pues tan sólo posee 7 habitaciones.

Más tradiciones nos esperan en el pueblo de Redondo, dedicado al vino y a la alfarería. Su pequeño museo alfarero nos deja entrever un rico pasado marcado por el barro, un pasado que aún es presente en vecinos como Joao Mertola, quien a sus 80 años mantiene intacta su pasión por esta profesión. Sin salir del pueblo, en el restaurante Porfirio’s catamos la auténtica cocina alentejana, como carrilleras de cerdo, secreto ibérico a la parrilla o encharcada, un dulce a base de almendra y huevo. En el Alentejo hay que perder el miedo a coger unos kilitos de más, porque simplemente es inevitable.

La aldea de Reguengos de Monsaraz es el último escalón del trayecto. Encaramada en una montaña, desde lo alto de su castillo percibimos la frontera con España, señal inequívoca de que hemos llegado al final del viaje. Y es aquí donde desciframos que por las vicisitudes, no siempre positivas, de su historia, esta región conserva lo que hoy le otorga un incalculable valor: el silencio, la paz y el aire limpio que se respira. Y el tiempo, el más preciado de nuestros bienes.

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Fuente: LA RAZÓN.es

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