Para el autor, presidente de la empresa consultora AB Marchés, la política monetaria de Pekín es la responsable de las últimas crisis financieras. Un punto de vista que está hoy en el centro de la polémica.
2011-08-11•La Aldea
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Desde el lunes, las bolsas del mundo resintieron el castigo de Standard & Poor’s contra Barack Obama. Foto: Richard Drew/AP |
Frente a esto, China muestra una salud insolente: hace 33 años que no entra en recesión, un crecimiento del producto interno bruto (PIB) de 10% anual desde hace dos décadas, un desempleo que no deja de retroceder y reservas en divisas que, en total, sobrepasan ya los 4.5 billones de dólares a finales del pasado junio.
Este contraste se explica por la enorme subvaluación del yuan aplicado por China a sus socios y rivales. Gracias a un control de cambios draconiano que sólo es accesible a los Estados totalitarios, China mantiene el yuan a 0.15 dólar y a 0.11 euro, cuando, según el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la ONU, debería valor 0.25 dólares y 0.21 euro.
Los países occidentales se han mantenido totalmente pasivos frente al precio del yuan que les dicta China. Desde que, en 2001, éstos admitieron a Pekín en la Organización Mundial del Comercio (OMC), armada de su control de cambios, se han visto privados, es cierto, de la única arma que podría hacerla ceder: las represalias aduaneras.
Esto ha resultado a la vez en una gran desindustrialización de los países occidentales y una industrialización intensiva de China.
La mano de obra china es la menos cara del mundo, las empresas ahí basadas se aprovechan de sectores crecientes del mercado mundial mientras que las multinacionales occidentales acaban de concentrar sus inversiones productivas en el territorio chino. Esto reforzará aún más las partes del mercado mundial captadas por Pekín.
En los países occidentales, el proceso de crecimiento se atascó. Su comercio exterior se ha vuelto fuertemente deficitario y el monto de inversiones de las empresas en sus territorios ha retrocedido fuertemente. Por ello, desde 2001 las economías occidentales están expuestas a sufrir una recesión prolongada.
Dos veces, sin embargo, en el año 2002 y luego en 2008, los mismos dirigentes occidentales que permanecían pasivos frente al yuan creyeron descubrir un remedio que les permitiera mantener un crecimiento honroso y durable.
Pero estas acciones sucesivas fueron en realidad artificios que les explotaron en la cara.
Entre los años 2002 y 2006, el aprendiz de brujo Alan Greespan, entonces presidente de la Reserva Federal (Fed), optó por una política prolongada de tasas bajas para desalentar el ahorro de los hogares e incitarlos a la compra de viviendas a crédito.
¡Expediente desastroso! Durante cuatro años, el PIB y el empleo en los países occidentales se dispararon ciertamente por un sector inmobiliario ganado por la euforia. Pero, después del éxito limitado y momentáneo, la euforia llevó a excesos que derivaron, como se sabe, en un temible efecto de boomerang.
Así, a mediados de 2007 estalló, en Estados Unidos y Europa, una triple crisis inmobiliaria, bancaria y bursátil, una recesión y una explosión del desempleo que ha demostrado tener una dimensión histórica.
En total, los estrados fueron muy superiores a la ventaja inicial. Un primer fiasco absoluto.
A fines de 2008, después de haber restablecido la confianza por algunas medidas excepcionales en el sector bancario, los dirigentes occidentales renunciaron una vez más a obligar a China a una fuerte revalorización del yuan, lo que era sin embargo la única y verdadera solución para enderezar su comercio exterior, su PIB y su empleo.
© Le Monde
Antoine Brunet. París

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