Internacional
miércoles, 20 de julio de 2011
El 11 de setiembre de 1973 marcó a sangre y fuego a Chile: el general Augusto Pinochet encabezó un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, quien no se rindió y prefirió suicidarse.
El mismo día del golpe, Allende, de 65 años, debía convocar a un plebiscito, en un esfuerzo desesperado para salvar al gobierno de la Unidad Popular, la coalición izquierdista que agonizaba tras 1.000 días en el poder.
Allende había asumido en 1970 un gobierno que nacionalizó las minas de cobre, principal riqueza del país, que estaban en manos de compañías de Estados Unidos.
En un difícil contexto político, Allende ingresó a las 7.20 al Palacio presidencial de La Moneda de traje y corbata, con casco y empuñando un fusil.
“Todo el que sea capaz y tenga condiciones para usar un arma, que la coja y la use”, dijo, según el recuerdo del médico Oscar Soto, que ese día acompañaba al presidente. Luego entregó armas a unos 40 colaboradores que permanecieron a su lado.
A través de edecanes, Pinochet -a quien Allende vio hasta el final como un aliado- conminó al presidente a renunciar.
A las 9.15 el Ejército abrió fuego contra La Moneda. Desde una de las ventanas de su despacho, Allende respondió y uno de los disparos destruyó un tanque junto a la puerta principal del Palacio.
Cuando el ataque se intensificó, el mandatario reunió a sus leales y los invitó a abandonar el Palacio.
Mientras los aviones sobrevolaban el palacio, Allende difundió su último mensaje radial al país: “No voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”.
“Lo vi entero y con una gran claridad. Me abismó comprobar que tenía muy claro que iba a morir”, relató David Garrido, miembro de la custodia que permaneció junto a Allende.
Al mediodía comenzó el bombardeo aéreo sobre La Moneda.
Algunos cohetes estallaron en el interior del edificio, que comenzó a incendiarse. En medio del humo un pelotón de militares pugnaba por ingresar al patio central de La Moneda.
“¡Allende no se rinde, milicos!”, gritó el presidente a través de las ventanas abiertas, recuerdan testigos.
Los últimos combatientes bajaron por la ancha escalera desde la planta alta de La Moneda para entregarse a los militares. En ese instante oyeron un disparo. El presidente caía muerto.
El mismo día del golpe, Allende, de 65 años, debía convocar a un plebiscito, en un esfuerzo desesperado para salvar al gobierno de la Unidad Popular, la coalición izquierdista que agonizaba tras 1.000 días en el poder.
Allende había asumido en 1970 un gobierno que nacionalizó las minas de cobre, principal riqueza del país, que estaban en manos de compañías de Estados Unidos.
En un difícil contexto político, Allende ingresó a las 7.20 al Palacio presidencial de La Moneda de traje y corbata, con casco y empuñando un fusil.
“Todo el que sea capaz y tenga condiciones para usar un arma, que la coja y la use”, dijo, según el recuerdo del médico Oscar Soto, que ese día acompañaba al presidente. Luego entregó armas a unos 40 colaboradores que permanecieron a su lado.
A través de edecanes, Pinochet -a quien Allende vio hasta el final como un aliado- conminó al presidente a renunciar.
A las 9.15 el Ejército abrió fuego contra La Moneda. Desde una de las ventanas de su despacho, Allende respondió y uno de los disparos destruyó un tanque junto a la puerta principal del Palacio.
Cuando el ataque se intensificó, el mandatario reunió a sus leales y los invitó a abandonar el Palacio.
Mientras los aviones sobrevolaban el palacio, Allende difundió su último mensaje radial al país: “No voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”.
“Lo vi entero y con una gran claridad. Me abismó comprobar que tenía muy claro que iba a morir”, relató David Garrido, miembro de la custodia que permaneció junto a Allende.
Al mediodía comenzó el bombardeo aéreo sobre La Moneda.
Algunos cohetes estallaron en el interior del edificio, que comenzó a incendiarse. En medio del humo un pelotón de militares pugnaba por ingresar al patio central de La Moneda.
“¡Allende no se rinde, milicos!”, gritó el presidente a través de las ventanas abiertas, recuerdan testigos.
Los últimos combatientes bajaron por la ancha escalera desde la planta alta de La Moneda para entregarse a los militares. En ese instante oyeron un disparo. El presidente caía muerto.
Fuente: Los Andes
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